• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Mauricio Vargas

Pañitos tibios

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Lo dejo en claro de arrancada: soy amigo de la legalización de todas las drogas prohibidas, y de todos los pasos para su producción, comercio y consumo. No creo que sean buenas, ni siquiera neutrales: hacen daño, y mucho. Pero estoy convencido de que su prohibición causa la formación de mafias, las gigantescas utilidades del negocio ilícito y todo el crimen asociado a esos fenómenos. Como lo sostuvo el brillante economista y gurú del neoliberalismo, Milton Friedman, en un mundo donde drogas como la marihuana, la cocaína y la heroína no estuviesen prohibidas, habría muchos menos homicidios: la actividad de las narcomafias carecería de sentido al ser legales esas drogas.

Estados como el colombiano ahorrarían miles de millones de dólares que ya no tendrían que dedicar a fumigar cultivos, perseguir cargamentos, desbaratar redes, capturar capos medios y altos, ni procesar penalmente, extraditar y/o mantener en prisiones de alta seguridad a mafiosos capaces de corromper a policías, fiscales, jueces y guardianes de prisión.

Se harían daño quienes consuman, del mismo modo que se mata el que se lanza desde una azotea, un balcón o un puente, sin que por ello tengamos que poner un policía en cada uno de ellos para atajar a los suicidas. Y claro, esos drogadictos le harán daño a su entorno familiar, como hoy se lo pueden hacer los alcohólicos, los fumadores empedernidos o los viciosos del juego. Pero el dinero que ahora gastamos en represión lo podríamos invertir en prevención educativa y en salud, y quizás por esa vía controlar en algo la manía autodestructiva de millones de seres humanos.

Pero una cosa es ser amigo de la legalización de las drogas prohibidas y otra muy distinta, hacer fiesta por los pasos parciales que dan algunas autoridades del mundo a favor de despenalizar el consumo y la producción casera.

Muchos promotores de la legalización, acá en Colombia, brincan de la dicha con decisiones como la que acaba de adoptar el estado de Colorado, en Estados Unidos, cuyas autoridades han eliminado las sanciones a la producción, comercio y consumo de marihuana, mientras esté limitado a pequeñas cantidades. Igual ocurre ya en Uruguay y ocurrirá en pocos meses en el estado de Washington, en el noroeste de Estados Unidos.

Se trata de pasos parciales y limitados: no cubren todas las drogas y establecen topes a las cantidades, lo que deja las drogas más duras y las grandes cantidades a los mafiosos y a su imperio de corrupción y muerte. Y poco o nada favorecen a un país como Colombia. Nadie en el mundo habla de legalizar los grandes procesos de siembra, producción y comercio, que son los que les interesan a los carteles mexicanos, colombianos, brasileños y venezolanos.

Los pasos parciales de esos países y estados solo conducen a que en esas regiones renuncien a combatir el consumo y el pequeño comercio y, en consecuencia, a que la guerra contra las drogas ilícitas en el mundo se concentre en los grandes países productores, como Colombia. Esos pasos no ahorrarán a nuestro país un solo centavo en fumigación, ubicación y destrucción de laboratorios, persecución a mafiosos, complejos procesos judiciales ni cárceles de alta seguridad.

Como cada vez más regiones del mundo relajan sus leyes, se acaba el concepto de corresponsabilidad que ha sostenido esta guerra en la que, al menos en teoría, todos los países –los que ofertan así como los que demandan– ponen su parte. Y de ese modo, muy pronto las batallas antidrogas solo se librarán en Colombia y algunos vecinos productores.

Hay que dejarse ya de pañitos de agua tibia: si el mundo va a avanzar hacia la despenalización, esta debe ser general, como la planteaba Friedman. De lo contrario, estaremos en el peor de los mundos para países como el nuestro. Mientras en Colorado se relajan, aquí tendremos que poner más plata y más muertos.