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Beatriz de Majo

Pánico en el mundo del lujo

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Hace días que el mercado de artículos de lujo ha entrado en pánico y la causa se encuentra en el comportamiento de los compradores asiáticos. Que el mundo de las materias primas y productos básicos en el planeta entero se mueva a merced de las decisiones de Beijing es algo a lo que nos veníamos acostumbrando desde la crisis financiera del 2008. Los países proveedores de estos productos al gigante llevan ya años atentos al comportamiento de la economía china. Solo hay que preguntarle a Brasil y a Argentina en el vecindario latinoamericano para enterarse hasta qué punto las turbulencias en la economía del gigante de Asia son capaces  de impactar a países de talla nada deleznable.

En esta ocasión, es el sofisticado, pero jugoso mercado del lujo el que tiembla. Los grandes grupos empresariales que fabrican y distribuyen artículos diseñados para el bolsillo de los más ricos han tenido que reconocer hasta dónde el comportamiento de los chinos ha venido a afectar sus finanzas y están teniendo que adecuar sus estrategias a una menor inclinación de sus clientes asiáticos a hacerse de una costosísima cartera Luis Vuitton o Gucci, de un abrigo Burberry, de un reloj Cartier o Bulgari, de un perfume de Christian Dior.

El tema pareciera banal para quienes nunca sueñan con tener en sus armarios este tipo de mercancías, pero no lo es para este grupo de empresas que trabaja para los privilegiados. La semana pasada el consorcio líder del imperio de la moda de lujo LVMH, Luis Vuitton, Moet & Hennessy debió anunciar una importante caída en sus ganancias. El coloso del mercado de artículos de alta gama informó que en los primeros meses de 2014 obtuvo apenas un beneficio neto de 1.509 millones de euros –algo cercano a los 2.200 millones de dólares– lo que supone una caída de 4,3% con respecto a los 1.577 millones de euros que ganó en el mismo período del ejercicio anterior. La causa de la caída parece estar paradójicamente en una modificación reciente del comportamiento del consumo de los nacionales chinos, para quienes el mundo de la sofisticación ha venido ejerciendo, en los últimos años, un imán sin parangón.

La caída en las ventas de este tipo de mercancías obedece a razones que nada tienen que ver con la calidad ni el precio de estos artículos, sino a razones muy domésticas del país asiático. La percepción de falta de solidez en la economía de su país, que ha ido creciendo en el último año y medio en la medida en que se ha ido desacelerando la expansión del PIB chino, tiene que ver con la prudencia en el gasto de la población de mayor poder adquisitivo. Pero también el hecho de que el ingreso de productos importados desde Hong Kong (donde acostumbran a comprar las familias pudientes para evitar los impuestos al lujo que impone Beijing,) hacia tierra firme está siendo severamente fiscalizado. El caso es que una caída en el consumo proveniente de los chinos, lo que incluye a sus viajeros, que podría superar en 11% aproximadamente, es lo que parece estar en el origen del descalabro de los ingresos de las casas que mercadean lujo. Algunas de estas que estaban basando su expansión en atender los caprichos de los consumidores asiáticos están siendo obligadas a rediseñar sus estrategias y aperturas de nuevas tiendas, para tomar en cuenta este fenómeno.

Pareciera pues que en este terreno de lo que es más caro, más sofisticado y más lujoso –lo que por naturaleza debería estar al margen de las penurias plebeyas– también es China, país comunista que dicta la hora.