El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Eduardo Mayobre

Pancho Massiani

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Francisco Massiani recibió esta semana un muy merecido Premio Nacional de Literatura. Tiene una extensa obra, en la que predominan los cuentos y relatos, pero es también poeta y novelista. La primera y más conocida de sus novelas es Piedra de mar.

La escribió cuando tenía 24 años. En 2008, Monte Ávila publicó una edición conmemorativa de los 40 años de la primera de sus múltiples ediciones. Me correspondió el honor de escribir el prólogo. Para celebrar el premio, lo transcribo a continuación: Piedra de mar, publicada por primera vez en 1968, se ha convertido en una obra clásica de la literatura venezolana.

Carece, sin embargo, de los atributos que habitualmente se atribuyen a lo clásico. Es una novela sencilla, agradable, atractiva. Se deja leer fácilmente, como si se estuviera conversando con un buen amigo. No impone estilos ni estructuras. Es un relato que sólo después de terminado nos damos cuenta de que nos ha cautivado.

Lo hacemos nuestro espontáneamente, compartimos las aventuras y angustias de sus personajes, nos reímos de ellos y nos sonreímos con sus situaciones. La novela cuenta las tribulaciones de un muchacho que se encuentra con la vida y vive simplemente. Esa simplicidad es la que le da cuerpo a la novela. Como se dice en la contraportada de su primera edición: "Corcho, el maltratado héroe, como aprendiz de novelista conjura fantasmas que muerden su plexo en la noche, mitos que lo arrancan del fastidio, primeras noticias de la piel, temblores de inseguridad en los que a través de la violencia del amor el niño busca al hombre que va a nacer en él".

Experiencia que todos hemos compartido. Por ello se ha dicho que Piedra de mar es una obra adolescente. Nada más equivocado. Se refiere a la adolescencia, que es algo muy distinto. Es una novela madura y de madurez, aunque su autor la haya escrito siendo muy joven. Porque la madurez es un problema de compresión y de oportunidad más que del transcurrir del tiempo. Una de las características de Piedra de mar es que su personaje central, Corcho, está siempre hablándole a alguien.

A los otros protagonistas, a Carolina, a Kika, a Lagartija, a los lectores. Quiere decirnos algo. Por ello cuando la leemos nos sentimos interpelados. Y respondemos. Queremos intervenir, hablar con ellos. Nos sentimos parte de la trama. Y por eso hacemos la novela nuestra, en el sentido de entrañable. De lo que nos percatamos después de haberla gozado, y muy posteriormente de haberla terminado de leer.

 En lo personal me costó mucho darme cuenta de esta característica de la novela, por la simple razón de que soy amigo del autor, Pancho Massiani, desde hace más de medio siglo y efectivamente sentía que quien me hablaba era un compañero de toda la vida, contándome lo que le había pasado y que se refería a menudo a personajes con quienes ambos habíamos compartido.

Pero a medida que fue pasando el tiempo, pude observar cómo distintas generaciones y los lectores más diversos tenían la misma relación de intimidad con ella, y fui comprendiendo que mi cariño por la novela tenía más relación con su calidad literaria que con mi amistad con el autor. Hecho objetivo que se comprueba con las más de veinte ediciones que ha tenido desde su aparición y con la manera como se refieren a ella desde sus ávidos lectores adolescentes hasta los más adustos académicos.

En el prólogo a la decimocuarta edición de Piedra de mar, José Balza refiere que a la novela la acompañó "un gran éxito de público desde el primer momento". Y agrega: "No deja ser un tanto extraño tal fenómeno, si recordamos que para entonces la inteligencia venezolana parecía reconocerse sólo en obras que reflejaran la violencia, el ascenso y descalabro de las guerrillas".

Por lo que se pregunta: "¿O era que un espíritu distinto ya asomaba solapadamente y encontró en Piedra de mar un tono al cual acogerse?". La respuesta es claramente afirmativa y ese espíritu se ha mantenido en el tiempo y ha encantado a varias generaciones de lectores, que pueden recrear en las aventuras de Corcho sus propias experiencias y lo que de permanente tiene la vida de Caracas.

En el sentido de recoger lo más genuino y despertar por consiguiente el entusiasmo, este libro puede considerarse como un clásico. Por ello, Monte Ávila ha tenido el acierto de celebrar los cuarenta años de su aparición con la presente edición conmemorativa. Porque Piedra de mar es un relato entrañable para los venezolanos, que no se gasta sino se pule con el tiempo, y que nos parece tan fresco y espontáneo como cuando se ofreció entre las primeras publicaciones de este mismo sello editorial.

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