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Héctor Silva Michelena

Una Palma de Oro en Lesbos

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Hace más de 2.600 años, nacía en Mitilene, Lesbos, una mítica poetisa griega: Safo que, en uno de sus fragmentos dice: “Pero pienso que aún me recordará…”. A fines de mayo el director francotunecino Abdellatif Keniche ganó la Palma de Oro en Cannes con el film La vie d’Adèle, que narra el idilio entre lesbianas. El presidente del jurado, Steven Spielberg dijo: “La cinta es una gran historia de amor que hizo a todos sentirnos privilegiados…”. Y Keniche explicó: “La cinta tuvo a una bella joven francesa que descubrí durante el largo tiempo de rodaje. Me enseñó bastante sobre el espíritu de libertad”.

Las dos jóvenes francesas, Adéle Exarchopoulos y Léa Seydou, fueron dos vívidas y excelentes intérpretes de escenas sexuales explícitas y prolongadas, afirma la crítica. Pienso en la “casa de las servidoras de las Musas”, escenario donde Safo instruía a sus amigas en poesía y sexo, donde el deseo y la religión se confunden en una búsqueda: la belleza. Las críticas y los trailers consultados no son equívocos: en Cannes se instaló una nueva manera de mostrar el sexo y las relaciones que rigen la vida. Como en Lesbos en el siglo VII a. C., cuando los poetas ponían la poesía al servicio de sus emociones, sentimientos y deseos.

La película está concebida como el retrato de la vida de Adèle (Exarchopoulos), adolescente de 15 años de edad que estudia en la secundaria y que empieza a salir con muchachos. Así entabla una relación con Thomas (Jeremy Laheurte), chico sensible con el que descubre el sexo. Pero Adèle se inquieta porque siente que algo falta. Y esa inquietud genera una búsqueda en ella, que a los 17 años la llevará a cruzar el camino de Emma (Léa Seydoux), joven de pelo azul que ya cursa estudios superiores de Bellas Artes y que tiene muy asumido que le gustan las mujeres.

Adèle entabla su primer diálogo con Emma en un bar gay, se ríen, coquetean; otro día se juntan en una plaza y hablan de Sartre y de Bob Marley, y en otra jornada participan de una gran marcha por una mejor educación; cuando las compañeras de curso la molestan la llaman lesbiana, Adèle se enfurece y busca refugio en la madura protección de Emma; cuando pasa el tiempo, la relación se consolida y las dos jóvenes se van a vivir juntas.
Es ahí cuando, en este flujo de extrema sensación de realidad, llega la escena de sexo lésbico que puso incómodo a más de uno en las funciones en Cannes, dijo la crítica.
Se trata de una escena de por lo menos cinco minutos, en que no hay pudores ni nada que cubra los cuerpos, y en que los primeros planos exponen toda la intensidad del placentero descubrimiento físico y sexual que experimenta Adèle. Las dos actrices están lanzadas a vivir este encuentro con todos sus sentidos al máximo, y el resultado es de una potencia y un erotismo rara vez vistos en el cine.

Muchas veces, sobre todo en el cine de consumo industrial, el sexo está puesto como por obligación, filmado de manera rutinaria y presentado de forma predecible. En La vida de Adèle, la expresión de la sexualidad es un torbellino imparable sin el cual toda la película perdería parte de su sentido. La fuerza con que ambas protagonistas viven ese instante es, como en la vida misma, fundamental para entender todo lo que van a vivir después, para dar cuenta de verdad de lo que será la evolución de los sentimientos de ambas. El sexo expuesto así, de forma directa y sin zonas prohibidas, es también la mejor manera de humanizarlo. Y gran parte de la potencia de La vida de Adèle reside en hacernos sentir que esta historia de amores, ilusiones, desengaños y quebrantos la hemos vivido, de una manera u otra, cada uno de nosotros.

Luego de leer comentarios y ver fotos y varios trailers de La vie d’Adèle mi imaginación voló a mi biblioteca en busca de los Poemas y fragmentos de Safo, y leí: “Igual que al Jacinto en el monte los hombres pastores/ lo pisan dejando en el suelo sangrienta la flor”. Adéle y Léa, musas de Safo.