• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Palabrota

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Macarra es un término descalificativo que se usa poco en Venezuela, una palabra casi desconocida, y que significa proxeneta, chulo, pendenciero, agresivo, de mal gusto, inferior.

Se le aplica a los que viven de las prostitutas, pero fundamentalmente a los vulgares y de mal gusto.

Es un término que proviene del francés maquereau (se pronuncia makro) y que significa tanto caballa (un pez) como rufián, y que los intelectuales de Francia solían utilizar para referirse, con desdén, obvio, a sus iguales de Estados Unidos que aparecían como defensores de la democracia mientras que ellos se batían por difundir las instrucciones que emanaban de Moscú, y que suponían el lado correcto de la historia.

El tiempo demostró todo lo contrario, o casi. Macarra es la primera palabra de una canción de Joaquín Sabina que describe el fenotipo de un pran en pleno desarrollo, pero algo más ingenuo y menos violento.

La palabra me vino a la mente cuando un jefe de Estado ordenaba a un ente comicial que informara los resultados del simulacro de elecciones celebrado unos días antes y sobre los cuales se habían corrido fuerte rumores de que la gente que había sido trasladada en autobuses, censada, ideologizada, amenazada y que recibió una merienda y 200 bolos había votado en su mayoría por el otro candidato.

Un anuncio de que el recandidato a la reelección tendrá que desalojar el poder más pronto de lo que quisiera. Los macarras son fundamentalmente fanfarrones, presumen de lo que no son y echan mano a navajas y golpes bajos para imponerse, abatir adversarios, enemigos y contrapartes. Lucen tatuajes, zarcillos, brazaletes, crucifijos azules, camisas escandalosas, relojes de marca que no pueden pagar con lo que han ganado honradamente y otros utensilios que les ayudan a enmascarar el temor que llevan dentro, los miedos que le bordean el alma, el culillo tan venezolano.

Así como no existe relación entre un pez llamado caballa o macarela y un cabrón, tampoco la hallo entre un intelectual que defiende la división de poderes dentro del Estado y los macarras de los callejones de los barrios bajos de París, pero la mente tiene extraños mecanismos para encontrar relaciones y vínculos en lo que racional y científicamente no los hay.

No sé por qué apareció la palabra ni la razón de que no se utilice en el país en alguna de sus acepciones, pero sí estamos claros en que en las películas y en la vida real el gánster que manda siempre desecha al cara cortada y manda a buscar al que causó la cicatriz para que se encargue del próximo golpe.

Sé, en cambio, que tan importante como el acto de votar es que el Gobierno respete las leyes y las cumpla a cabalidad. Lo otro es simple macarrería, como vender chupetas sin palito. Queda una, aproveche.