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Francisco Javier Pérez

Palabras sobre palabras

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El recuerdo perturbador ocurre una noche cualquiera del mes de agosto de 1990, en Augusta (Alta Baviera). Lejano y persistente, se escuchaba un rumor de abejorro constante que venía del cielo. Denso, nublado y oscuro, ese cielo escondía los bombarderos estadounidenses que salían de una base cercana rumbo al Golfo Pérsico, donde una guerra los demandaba. A los sobrevivientes, ya ancianos, este sonido, repetido con insistencia cada noche, les traía a la memoria el tiempo de los implacables bombardeos sufridos cuarenta y tantos años atrás, con los que se pretendía someter a la milenaria Augusta, en donde, para su desgracia, se construían los temidos cazas de la Messerschmitt. Caían las bombas desde un cielo ennegrecido por las defensas antiaéreas y por la noche oscura del alma.

En algún lugar de Fiesta bajo las bombas (Galaxia Gutenberg, 2005), libro que forzado por el hoy he vuelto a leer, Canetti habla de la relación entre los cielos y la guerra: “A plena luz del día mirábamos hacia el cielo y seguíamos la estela de los aviadores como si se tratara de un certamen deportivo. Era tan excitante que nunca pensábamos en los combates mismos”.

La sabiduría popular ha axiomatizado que los cielos nublados son anuncio de tempestades (una cancioncilla que de niños aprendíamos documenta el obvio principio). Los cielos sin nubes, en cambio, son el hogar de serenos tratos, de límpidos encuentros con los días. Los cielos fastos de mi infancia caraqueña (los cielos de Caracas, pues) son esos limpios espacios de espiritualidad no interrumpida. Anuncios auspiciosos de bien y crecimiento. No señalaban nada borrascoso en nuestro futuro, sino, en abierta contraparte, querían ser anticipo de sueños que iban a cumplirse. Los meses de diciembre, enero y febrero (especialmente) y sus cielos diurnos o nocturnos no conocían el temor y eran zona de una práctica doctrinal de la protección; un sentir permanente de cobijo y seguridad. Los cielos del país, así lo suponía desde aquí, estaban conquistados por la misma misteriosa placidez de nuestra vida caraqueña.

Sin darnos cuenta, el cielo se fue cargando de nubes y ello ha determinado el cambio profundo en la historia social del país y en la biografía personal de cada quien. El miedo se ha apoderado de nuestros cielos y de nuestra vida al punto de que volar hoy sobre el país es travesía de riesgosa turbulencia y de que vivir en él es hoy viaje hacia zonas de agónicas circunstancias. Nos extraña tanto ver un cielo sin nubes que, cuando ocurre, la imagen nos perturba por infrecuente. Todos nuestros cielos son ahora sitio de nubarrones negros y temibles, indicio de tumultuosas operaciones e ilustración de abismos insalvables. Nuestros cielos nublados son advertencia y llamado. También, son irónica imagen del triunfo de los malos sentimientos, de la agresión y de la muerte.

En las horas de incomprensión sobre la vorágine en que vivimos y de la tormenta que viviremos, el cielo sin nubes de mi infancia carga los recuerdos de elegía y hace que reinen el pavor y la desilusión. Es el desencanto que nos habita en este triste tiempo de pérdidas. Es el anuncio luctuoso de la tempestad. El clima como mutable documento de la existencia fracturada y como retrato menguado de la vida perdida.