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Antonio López Ortega

Palabras del almirante

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Tienen los escritores una falla estructural: ven el mundo a través de las palabras. Si admiran una obra de arte, se van a buscar la ficha correspondiente; si ven una valla, se van a leer las leyendas; si reciben un regalo, se van a leer la dedicatoria. Califican también la realidad por discursos: los hay periodísticos, sociológicos, científicos, estéticos, etc. Unos más utilitarios que otros, por supuesto, y también unos más aburridos que otros. El lenguaje puede ser altivo, pero también subterráneo. En tiempos de vanguardias, los escritores se burlan de los discursos conservadores, o llenos de lugares comunes. Es normal que así sea para quienes tienen como oficio el avance del lenguaje: su transmutación, la búsqueda de nuevos sentidos. Pero en el terreno de los discursos inmutables, ninguno como el militar, porque es prosopopéyico, inflado, cursi. Lejos estamos de clásicos como El arte de la guerra, de Sun Tzu, o como De la guerra, de Von Clausewitz, donde al menos el lenguaje significaba algo. Porque en nuestros tiempos muy nacionales, quizás demasiado nacionales, basta trocar la cornucopia del Escudo Nacional en lenguaje para sumergirnos en fastos y más fastos, esto es, decir siempre lo mismo o no decir nada. Tenemos un ejemplo reciente de esta especie discursiva: la misiva pública que en nombre de la Fuerza Armada envió el almirante Molero, recién nombrado ministro de la Defensa, al convaleciente primer magistrado. Sólo que las palabras del almirante no merecen tanto un análisis de forma, por predecible, como de fondo.

Comienza el almirante con esta frase: “Nuestro apego absoluto a su filosofía”. Y uno se pregunta: ¿cuál debe ser el apego absoluto de un militar? ¿No será, antes que a su línea de mando, el apego a la Constitución, a la República, o en todo caso a Venezuela como nación? ¿No son estas instancias superiores a la de la primera magistratura? Sigue el almirante: “Usted nos ha enseñado a combatir sin descanso contra la adversidad”. Y uno se pregunta: ¿qué significa el concepto adversidad en la Venezuela de hoy? ¿Pueden formar parte de la adversidad, por ejemplo, los ciudadanos que no comulgan con el doctrinario del primer magistrado? O en otras palabras: ¿son personajes adversos para nuestro ministro de la Defensa los seis millones y medio de venezolanos que votaron en octubre pasado por una propuesta distinta a la del primer magistrado? Sigue el almirante: “Somos fieles a su persona, a la revolución y al pueblo”. Y uno se pregunta: ¿es esa fidelidad más poderosa que la que un militar le debe guardar a la Constitución? En tiempos en los que toda la clase política, incluido el primer magistrado, habla de eventuales ausencias, ¿qué privará sobre el ministro de la Defensa a la hora de las decisiones: la Constitución o la voluntad del primer magistrado? Sigue el almirante: “Los soldados garantizaremos con nuestra vida la patria socialista conquistada”. Y uno se pregunta: ¿qué más pueden garantizarle los soldados a Venezuela? ¿Acaso la democracia, por ejemplo? ¿Acaso el respeto cabal a lo que decidan las mayorías?

Uno lee las palabras del almirante y pareciera que el destino del país es invariable. Uno las lee y lo que habría que preguntarle es, por ejemplo, por qué se hacen elecciones. Porque al hacerlas uno supone que la alternabilidad es posible, al menos teóricamente. Y si se da el caso de que los que hoy son minoría (esos seis millones y medio de venezolanos) se convierten en mayoría, ¿qué hará el almirante con la “patria socialista conquistada”? ¿Entregarían su vida los “soldados de la patria” para mantenerla a toda costa o acaso acatarán el mandato de las mayorías?