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Diego Arroyo Gil

Palabras de Gallegos para el año nuevo

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El 24 de noviembre del año que acaba de concluir fueron 65 años de la caída de Rómulo Gallegos. Ese día de 1948 el presidente se encontraba en su residencia familiar cuando le informaron que le habían dado un golpe de Estado. A la cabeza de la insurrección militar estaban Carlos Delgado Chalbaud, ministro de la Defensa, y los oficiales Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez.

Gallegos fue hecho prisionero y el 5 de diciembre fue expulsado al exilio. Era el primer presidente electo por votación popular y directa en Venezuela. Había asumido el cargo el 15 de febrero, es decir, apenas 9 meses antes.

En La Habana transcurrió la primera estancia de su destierro. Carlos Prío Socarrás, presidente de Cuba, era de su fiel confianza y no había puesto objeción alguna en recibirlo y darle asilo. En la isla la presencia de Gallegos suscitó gran interés. Lo visitaban políticos, intelectuales, periodistas. Miguel Ángel Quevedo, director de Bohemia, le ofreció de inmediato las páginas de esa revista para que expresara sus opiniones y su pensamiento.

El presidente venezolano depuesto aceptó la oferta. En la edición del 2 de enero de 1949, escribió: “Porque ocurre, además, que no es un tiempo cualquiera de la vida del mundo este en que nos ha tocado actuar a los hombres de hoy que alguna responsabilidad colectiva hayamos asumido, ni el futuro que a nuestros pueblos aguarde –me refiero a los del continente americano– será cosa común y corriente de simples años venideros –más o menos inciertas, más o menos rutinarias la felicidad o la desventura que nos traigan– sino que todo anuncia convulsión profunda, trance grave, determinación dramática tras el entrecejo del destino”.

Eran palabras de un venezolano angustiado por su porvenir y por el de su país. Para decirlo con frase de Juan Liscano, Gallegos “sufría en carne propia las figuraciones de sus novelas sobre el dolor de patria y el predominio de los violentos”. Parece cosa de aguafiestas recordar este episodio de nuestra historia ahora cuando está comenzando el año.

Pero acaso convenga que, precisamente para no conceder un ápice de nuestro ánimo a los desmayos del desastre, pongamos el primer pie en 2014 con la vista limpia de engaños. Los retos que la nación exige a su gente son arduos y difíciles, esto en buena medida por la responsabilidad de los que durante los últimos años se han dedicado a demoler a la República, como bien ha advertido el historiador Germán Carrera Damas.

“Total presencia de ánimo, en alturas de serenidad responsable”, pedía Gallegos. Era la actitud que creía más adecuada para afrontar los inciertos planes de la actualidad y la contingencia. Así como él y sus contemporáneos resistieron con firme sensibilidad venezolana los desvíos del tiempo que les tocó vivir, así los hombres de hoy estamos comprometidos por esa herencia a llevar a cabo el mismo empeño. Es un derecho y un deber que desde hoy impone la realidad.