• Caracas (Venezuela)

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Patricia Bullrich

Paisaje de Venezuela

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La experiencia de visitar la Venezuela chavista no coincide con lo que uno definiría como un viaje agradable. Las recomendaciones de no ir y hasta los consejos de encerrarse en el hotel ya generan un clima especial que envuelve el viaje.

Al recorrer el camino que va del aeropuerto al lugar donde se celebraban los 30 años del think tank más prestigioso del país, el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico, la primera impresión es la de andar por un espacio militarizado, con patrullas y uniformados de distinto tipo. En este contexto cívico-militar, de incómodo recuerdo para los "sureños", como nos denominan los venezolanos, aparece otro actor del control y el miedo: los motorizados. Muestran sus armas, atropellan y se trasladan con libertad. Hay un mundo de servicios de inteligencia legitimado por el poder y organizaciones paragubernamentales llamadas colectivos. Como la Triple A: grupos militarizados paraestatales que se mueven como los dueños del territorio.

El seminario del que participé, invitada por la Fundación Libertad, con sede en Rosario y dirigida por Gerardo Bongiovanni, reunió a importantes figuras bajo el valor de la libertad, sin duda el bien más escaso en estas tierras caribeñas.

Las ponencias describieron la profundidad de los cambios que han ocurrido en Venezuela: la cooptación de los poderes públicos, la construcción del concepto de soberanía absoluta de las mayorías, la anulación de la libertad de prensa, la construcción de fuerzas armadas de la revolución, así como de policías, grupos armados y grupos políticos y sociales de la revolución. Entre los canales de televisión del régimen, sorprende el del Ejército Bolivariano, un constante, persistente, invariable rezo a Hugo Chávez. Lo cronometré: no pasa un minuto sin que se enaltezca al gran jefe, al padrecito, al salvador, al héroe, al comandante. No tuve más remedio que linkear en mi mente esa construcción mediática con la insistente presencia callejera de la figura del líder.

La concepción de soberanía absoluta lleva al régimen al control de todo órgano jurisdiccional, algo que asoma en cada una de las decisiones del presidente Nicolás Maduro, el señalado por Chávez.

A Leopoldo López, por decir que va a "reconquistar" la democracia, lo acusan de golpista. A María Corina Machado le quitaron los fueros sin cumplir ninguno de los requisitos de la misma Constitución bolivariana, que ha quedado demasiado "garantista" para estos casos, y por eso han decidido superarla, evitando el trámite del debido proceso.

Frente a esta Venezuela con una fortísima injerencia cubana en sus servicios de inteligencia, sistemas de control popular y servicios médicos, es duro que los gobiernos latinoamericanos opten por la complicidad. Podríamos esperarlo del nuestro, pero cuesta pensarlo de Uruguay o Chile, que han procesado el pasado de una manera más inteligente. Anécdotas de la revolución: hoy faltan médicos cubanos, porque en un número mayor a 1.000 han aprovechado la "misión Venezuela" para tomarse el buque hacia Miami. Dos pájaros de un tiro, como decimos por aquí.

El capítulo semiótico merece una mención: el lenguaje ubica al gobierno en el "socialismo del siglo XXI", como representantes del pueblo contra la "antipatria". Todo lo que sucede en Venezuela es culpa de esta confrontación. La oposición es la responsable de la inflación y la falta de dólares. Todo se explica por el enemigo, que mientras dialoga para buscar una salida es insultado por el heredero con los peores epítetos.

Sin duda, el paso que ha dado el régimen chavista lo ubica como una "fase superior del kirchnerismo", parafraseando a Lenin. Por eso deviene una obligación democrática de quienes trabajamos en la oposición argentina no confundirse respecto a la naturaleza de este régimen, que ha dado un paso demasiado grande en el distanciamiento de las democracias republicanas y liberales que viven en los conceptos de libertad e igualdad que decimos representar.

Sin duda que Venezuela, con la salida a la calle de los estudiantes, con la crisis inflacionaria, la escasez y la pérdida de popularidad de Maduro, vive momentos extremadamente difíciles. Y debemos ayudar para que su salida sea democrática y en paz.

Ha comenzado, con algunas ausencias, el diálogo de los opositores con el gobierno, con la presencia de tres cancilleres y la mediación del Vaticano. Me parece fundamental que la oposición no se divida. El diálogo comporta enormes desafíos para ella. Y el régimen de Maduro necesita repensar su estrategia, porque tiene una situación económica descontrolada, con una inflación que puede llegar a hiperinflación y desabastecimiento.

El problema que veo en el diálogo es que la gente empiece a tenerle desconfianza a la oposición. Las bases de todo diálogo implican ceder algo. ¿Qué está dispuesto a ceder el gobierno? ¿Liberar a los presos políticos? ¿Que sea la Corte Penal Internacional quien los juzgue? Si no está dispuesto a nada, la gente pensará que el opositor que fue a dialogar es un ingenuo, un cómplice. Un diálogo varado siempre al mismo punto debilitará a la oposición.

Mientras se desarrolla este curioso diálogo, el Tribunal Superior de Justicia se inspiró en Carlos Kunkel y decidió declarar ilegítimas las protestas sin aviso previo.

Hoy Venezuela nos muestra con transparencia lo que son las dictaduras del siglo XXI. Su acceso al poder es democrático, pero su permanencia no lo es. No cumplen ninguno de los requisitos básicos tales como la división de poderes, controles, respeto a las minorías y justicia independiente.

Hoy reflexiono sobre lo estratégico que fue para la supervivencia deshilachada de nuestra democracia el triunfo sobre el gobierno en el control de la renta agraria. Si el kirchnerismo la hubiera conseguido, hoy podríamos ser un calco de Venezuela: el control total de los recursos los hubiera acercado al "socialismo del siglo XXI". En esto deberían reflexionar los que se fueron del kirchnerismo, como Sergio Massa, que compartió con el gobierno esa decisión, siendo jefe de Gabinete. El control de la soja era, para Néstor Kirchner, lo que fue para Chávez la canilla infinita del petróleo.

La segunda diferencia la marca el tardío "proyecto Milani" de control y conversión de las Fuerzas Armadas, algo así como el intento de afiliarlas al partido de gobierno y politizar el Ejército. Evidentemente, no lo lograrán.

La tercera, la Corte Suprema de Justicia y un sinnúmero de tribunales de alzada y jueces que no permitieron la ilegalidad como regla.

La cuarta, el Congreso, que logró articularse muchas veces, y sobre todo en el freno al modelo rentístico de control que fue la 125.

La quinta será la capacidad de construir no sólo un triunfo electoral, sino también un largo camino de trabajo democrático para que la Argentina no recaiga cada década en el populismo autoritario. Esperemos haber aprendido lo suficiente para entenderlo.