• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

País de plastilina

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La diferencia entre Maduro y Chávez es abismal. Eso no tiene discusión y no aguanta ninguna argumentación en contrario. En principio, parece lógico porque todos los seres humanos somos distintos, pensamos y actuamos de acuerdo a nuestra formación, convicciones, circunstancias y condicionamientos del entorno social. Pero, en el caso que nos ocupa, esto se hace más notorio porque se trata de figuras públicas, sometidas, permanentemente, al escrutinio colectivo.

Ahora bien, el país ha estado enfrentado a un tráfago político despiadado e inédito durante estos larguísimos catorce años. Las idas y venidas, las marchas y contramarchas, se han convertido en parte de la cotidianidad. La capacidad de asombro del venezolano se ahogó en el mar donde lo imposible se convierte en posible, donde lo absurdo (por más grotesco que parezca) se transforma en rutina, sin que nada pase...

Es decir, nos acostumbramos a bailar al aberrante son del régimen. Hecho muy grave para cualquier sociedad que, al final, termina resignada a vivir alienada, sin mayores expectativas sobre lo que representa la libertad, el progreso, el bienestar. Es como un escapismo de la realidad para no enfrentar la cruda verdad que nos agobia, nos asfixia, nos reduce a seres casi unidimensionales, más pendientes del valor del dólar no oficial, de la llegada del papel tualé y de los productos básicos, de la disponibilidad de boletos aéreos, etcétera, que de construir una nación libre sin discriminaciones ni vejaciones irritantes de carácter político.

Bajo el gobierno de Maduro, las cosas han empeorado en materia de derechos humanos, de represión política, traspasando la raya de lo aceptable en cualquier democracia, por más imperfecta que sea.

El despropósito de pretender acabar con la oposición, utilizando los mecanismos más deleznables y vergonzantes de persecución, las intimidaciones (veladas y no veladas), el chantaje, la autocensura de la mayoría de los medios de comunicación, el cierre de espacios de expresión libre, mediante la compra de periódicos y canales de televisión independientes (Globovisión), son signos inequívocos de las verdaderas intenciones los dueños del poder, al tiempo que son muestras evidentes de que no están tan seguros de ese poder que tanto adoran.

Por primera vez, desde que le pusieron la mano a Miraflores, su permanencia ha sido retada con fuerza por los sectores democráticos, que han sufrido y resistido todas las arremetidas estoicamente, sin doblegarse; más bien cada vez más fuertes, con más músculo, como quedó, palmariamente, demostrado en las pasadas elecciones de abril. Aquí radica el quid del asunto, Capriles se ha convertido en una verdadera piedra de tranca para los aspirantes del continuismo eterno. Pero, en la actualidad eso no es suficiente.Es menester revisar las estrategias tanto en el Comando Simón Bolívar, como en la MUD. Lo que sirvió hasta ahora, y muy bien, debe ser reformulado en atención a la nueva situación de lo que luce una embestida brutal para darle un palo a lámpara, mandando al "carajo" las formalidades democráticas. Me temo que, si Capriles y la MUD no toman el toro por los cachos (preparándose para lo que viene), seguiremos siendo un país de plastilina, sujeto a las manipulaciones inescrupulosas de la envalentonada cúpula gobernante, la cual se adentra en la tentación totalitaria y su expresión más cruel: el estado policial represivo.

Seguirán las vueltas de tuerca para lograr la inhibición y paralización de la gente. Pero, esto dependerá de la posición que asuma la sociedad que, a su vez, está sujeta a la actitud de sus líderes y dirigentes, quienes corren el riesgo de ser sobrepasados, en un momento dado, por el pueblo arrecho.