• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Mayobre

País marchito

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Los países, como las flores, se marchitan. Pierden su lozanía en los aspectos más diversos. El sentido de que sus habitantes realizan una vida y tarea común, por ejemplo. En esta oportunidad nos vamos a referir a la decadencia de algo menos espiritual y más concreto: el parque productivo.

Durante muchos años Venezuela fue creando una infraestructura y un aparato industrial que indujeron el florecimiento de su economía. Instalaba, importaba y operaba maquinarias modernas, las cuales a su vez generaban oportunidades de trabajo para una parte creciente de la población. Al punto de que se necesitó mano de obra extranjera tanto en niveles profesionales y técnicos como para la recolección de las cosechas y actividades de servicio. Lo que dio lugar a una fuerte inmigración, que los venezolanos considerábamos normal y veíamos con complacencia.

En infraestructura se llegó a construir la que alguna vez fue la más importante red carretera de América Latina; en electricidad se nos llegó a considerar una potencia energética continental y tuvimos amplia capacidad exportadora; el agua llegó por acueductos a casi todos los confines del país; la vivienda, aunque en gran medida insuficiente, permitió eliminar el rancho rural y fue asequible para las clases populares y medias. En agricultura, casi siempre la pata floja del florecimiento, se pudo abastecer con productos nacionales gran parte de las necesidades alimentarias de la población y se recorrió un camino que llevó desde el conuco hasta la empresa agrícola.

Lo más impresionante fue la creación del parque industrial. Primero asociado a la expansión de infraestructura y luego, con el objeto de satisfacer el mercado doméstico, mediante la sustitución de importaciones. Se trató en buena medida de una industria de ensamblaje que requería avanzar hacia etapas más elevadas de sofisticación tecnológica, pero que permitía vislumbrar tal avance y formó un proletariado industrial significativo. También, de la mano del Estado, se incursionó en las industrias básicas, en las cuales contábamos con ventajas comparativas y posibilidades de exportar, como la del aluminio, la petroquímica y la siderúrgica.

Pero a partir de algún momento ese florecimiento se detuvo. Cuando comenzaron a presentarse dificultades macroeconómicas, a principios de los ochenta, la atención se dirigió a los problemas inmediatos y se descuidaron las exigencias del desarrollo. Al comienzo este descuido no parecía importante, porque se contaba con amplia capacidad instalada y un parque industrial moderno. Pero se dejó de invertir, muchos capitales se fugaron al exterior y proliferó la especulación financiera. El aparato industrial empezó a envejecer y hacerse obsoleto. Además, la sustitución de importaciones, que le había conferido dinamismo a la economía nacional durante más de dos décadas, dio muestras de que comenzaba a agotar sus posibilidades.

Para enfrentar esa situación se adoptaron medidas defensivas de corto plazo que permitieran sortear las dificultades inmediatas, protegieran los activos existentes y evitaran conflictos sociales. Todo sobre la base de que se trataba de años de vacas flacas que serían sucedidos por los de vacas gordas. Pero entretanto el aparato productivo seguía envejeciendo y cada vez era menor la inversión productiva. Después hubo un intento fallido de llamar a la inversión extranjera mediante la venta de los activos nacionales. Luego reinó la improvisación y se intentaron todo tipo de medidas, incluso algunas redistributivas. El aparato productivo continuó envejeciendo, desmantelándose y cambiando de dueños. El deterioro de la infraestructura se hizo más que evidente.

Mientras tanto, en vez de ocuparse de los problemas de la detención del desarrollo y de sus consecuencias, como la inflación y la devaluación de la moneda, los diferentes sectores del país se dedicaron a buscar culpables y a atribuirse defectos los unos a los otros. Lo que ayudó a una continua decadencia. Y el país marchitó. Pero los países, a diferencia de las flores, no se mueren.

Y ahora, cuando debemos encarar la tarea de recuperarlo, nos encontramos con que tenemos un parque industrial totalmente obsoleto, una infraestructura colapsada y una conflictividad que nos impide pensar.

El reto es enorme y requiere de un esfuerzo nacional. Pero no es imposible. Países que vivieron un proceso similar, como Brasil y Chile, ahora reflorecen. Pero antes de hacerlo tocaron fondo, y vivieron muy largos períodos de dictaduras, atropellos y padecimientos que a nosotros nos es imperativo evitar. Hoy somos un país marchito. Tratemos de dejar de serlo, sin vivir tales traumas.