• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

País a la deriva…

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Es impresionante la paralización en que se encuentra Venezuela a raíz de la enfermedad de Chávez y su reclusión en La Habana. Los herederos y depositarios de su gobierno (léase revolución bolivariana) se han dedicado a continuar con los denuestos y amenazas contra la oposición, como si con eso bastara, por una parte, para complacer a su jefe y, por la otra, para mantener adormecido el país, en una especie de paradisíaco limbo. Nada más alejado de la verdad.

Los problemas cotidianos se hacen más pesados cada día y nadie se atreve a tomar decisiones a los efectos de buscar soluciones. Todo está detenido esperando que la providencia divina marque cuál será nuestro futuro; o sea, el desenlace final que puede ser inmediato o en el corto y mediano plazo. Maduro y Cabello –que ofician de cabezas visibles– lucen paralizados o, en el mejor de los casos, surfeando la crisis que, por los vientos que soplan, se profundizará con el correr de los días.

El resto del equipo gubernamental sólo sirve de comparsa en los actos oficiales de divulgación de las frecuentes y ahora cortas cadenas de radio y televisión del régimen. Están persuadidos de que, con la mera propaganda gubernamental y las exaltaciones y loas a la figura del líder único, es suficiente para mantener el “por ahora”, y así ganar tiempo… No se atreven a resolver un curso de acción porque la figura de Chávez vivo pesa demasiado sobre sus hombros. Da la impresión de que los vínculos afectivos y emocionales, o el temor reverencial, surten un delicado y peligroso efecto paralizante en la cúpula chavista.

De lo contrario, no se explicaría la situación actual. La nación se mueve por efecto de la inercia. No se deciden medidas de ningún tipo en materia económica, social, de seguridad ciudadana, etcétera. El desabastecimiento y su correlato, la escasez, ya comienzan a hacer mella en sectores importantes de la población. Hay que hacer piruetas para conseguir los productos de la cesta básica, y si se encuentran, es a precios exorbitantes. Las colas para adquirir alimentos ya son parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, Maduro cree que gobierna porque hace una “inspección productiva” a alguna de las industrias expropiadas que “en socialismo” sí son buenas de verdad, verdad. Cuando la realidad nos indica todo lo contrario.

La economía de puertos potenciada al máximo por Chávez y la regaladera de petrodólares a nuestros vecinos, amén de las expropiaciones arbitrarias y las invasiones de fincas en plena producción, ya comienzan a dar sus frutos perversos. Venezuela se convirtió en un país altamente dependiente de las importaciones. Prácticamente no producimos nada. Ser empresario (no boliburgués, por supuesto) es un delito casi de lesa patria. Eso nos ha hecho cada vez más vulnerables y ni hablar de la tan cacareada seguridad y soberanía alimentarias.

Gobernar es cosa seria. No es andar pajareando del timbo al tambo para dar la impresión de movilidad. Eso lo podía hacer Chávez, pero los demás no calzan sus puntos. Las imitaciones o copias nunca han sido buenas. De no superarse este escenario la ingobernabilidad será mayor, con una tendencia marcada hacia el caos. Es decir, un aumento peligroso y de consecuencias impredecibles de la entropía del sistema político. A lo mejor Chávez tenía razón cuando se refería a que él era garantía de estabilidad. Esto, claro está, se entiende en el marco de la revolución bolivariana.

Mientras tanto, Elías Jaua dice, alegremente, que compartió bromas y rió con Chávez. O sea, no está pasando nada…