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Asdrúbal Aguiar

El Pacto de San Pedro Alejandrino

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Las conversaciones de paz entre las FARC y Juan Manuel Santos, instaladas oficialmente en Oslo el 18 de octubre de 2012 y cuyo encuentro preparatorio, apertura formal y posterior desarrollo tienen lugar en La Habana, desde el noviembre siguiente, avanzan sin prisa pero sin pausa.

Los “acuerdos de base” que le sirven de marco e imponen la agenda fueron adoptados en la capital cubana por los emisarios de Santos y las FARC el 26 de agosto anterior, ocultos para la opinión, y los protesta y pone al descubierto el expresidente Álvaro Uribe Vélez. 

A la fecha ya hay entendimientos sobre la transformación radical del medio rural y agrario colombiano, para que rijan -ahora sí, entre comillas- la equidad y la democracia (27 de mayo de 2013); la participación política de las FARC en la vida colombiana (6 de noviembre de 2013), y la sustitución del negocio de la droga (16 de mayo de 2014), que las partes anuncian como un fogonazo en medio de la tensa campaña electoral colombiana. 

Cabe suponer que el eje Caracas-La Habana, en el marco de los intereses que se han tejido desde antes y a propósito de tales negociaciones, hace lo imposible por la reelección del presidente Santos y la ratificación de su canciller, María Ángela Holguín.

No es fácil discernir -salvo intuir- acerca de esas alianzas o pactos políticos tácitos alcanzados por éstos con los actores del llamado socialismo del siglo XXI, quienes cultivan la “razón práctica” y hacen de la política, en tiempos de globalización, una cuestión de oportunidades y beneficios inmediatos; apenas disimulados tras prédicas reivindicativas y compromisos ideológicos que hace mucho dejaron ambos en los museos del siglo XX. Las propias FARC tiraron atrás su catecismo, para incursionar como emprendedores en la rentable trasnacional del narcotráfico.

Más complejo, aún, es ponderar el papel específico que en esta cuestión juega Venezuela, veedor de las conversaciones y acompañante “logístico” de las FARC, pues todo ello ha sido igual opacidad y falta de total transparencia.

Lo único cierto es que la procura de la paz, así negociada, tiene su anclaje en el pacto de Santa Marta del 10 de agosto de 2010, entre Hugo Chávez y Santos, quien sustituye a Uribe apenas tres días antes, y con quien el mismo Chávez rompe relaciones diplomáticas el 22 de julio precedente. 

Néstor Kirchner, secretario de la Unasur y aliado militante del gobernante venezolano, se hace presente para rubricar la alianza entre estos dos “nuevos mejores amigos”.

¿Acaso Santos -ministro de defensa de Uribe cuando invaden a Ecuador y fallece Raúl Reyes, cabeza de las FARC, dando lugar a una condena de la OEA que motoriza Venezuela- negoció su circunstancia en la misma casa donde fallece El Libertador? 

¿Entrega Santos a Uribe en manos del binomio castrochavista para que lo demonicen y lapiden internacionalmente, como Bolívar lo hace con Miranda, su superior, a quien traiciona durante la “madrugada triste” de 1812 descrita por Mariano Picón Salas y en una hora en la que quiere superar su caos emocional y “afirmar enérgicamente su personalidad”? 

Lo único veraz, en fin, es que en agosto de 1999, estrenándose como gobernante, Chávez pacta con las FARC su alianza, para protegerlas y auxiliarlas “logísticamente”, ofreciéndoles nuestro territorio como aliviadero y para doblegar a la oligarquía liberal-conservadora vecina, que es su obsesión. 

Nicolás Maduro, presente en Santa Marta, no podrá menos que hacer bueno el pacto que acompañó y del que también fue testigo Holguín. A cambio Colombia hoy le ayuda, para que desande sus entuertos y se limpie el rostro por las atrocidades de su régimen.