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Ana María Matute

Pabellón helado

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Cuando un venezolano hace sus maletas (la verdad, cualquier inmigrante piensa y reacciona igual), se lleva en ellas las tradiciones, los gustos, los sabores y hasta los olores.

Porque los venezolanos podemos estar cansados y hasta molestos con lo que vivimos, pero jamás con la venezolanidad bonita con la que crecimos. Mucho menos con la sazón.

Las circunstancias, entonces, nos han hecho ahora, más que nunca, ser parte del verdadero fenómeno globalizador; las fronteras se ensanchan, se estiran. Ya no hablo de los países de al lado, hablo del mundo entero.

Por eso desde hace tiempo, pero sobre todo en estos últimos años, podemos conseguir en los anaqueles de grandes ciudades un paquete amarillo con letras azules que nos asegura las arepas aunque estemos a 2 grados centígrados de temperatura. Nadie pregunta con qué se come eso, y tampoco se debe al contrabando de extracción. Sencillamente, la arepa es famosa y habitual en varios continentes.

No pasa lo mismo con el pabellón. Uno de los ingredientes es muy fácil. Pasemos el hecho de que el arrocito blanco da lo mismo que se haga con basmati o con ese arroz de grano larguito (paddy) que todos tenemos en los estantes de nuestra cocina aquí en Venezuela (infaltable).

Fuera de este pedacito de tierra bañado por el mar Caribe hay que pasar bastante trabajo para conseguir en una ciudad cosmopolita unos plátanos (plantain) que estén en su punto como para freírlos. Aquí comienza el asunto, la aventura, el desafío: buscar plátanos en Londres significa trasladarse a barrios que de londinenses tienen poco, porque son de inmigrantes, la mayoría africanos o asiáticos. Los plátanos. ¡Al fin! Se reconocen a lo lejos en algún mercado de estos que tienen anuncios en árabe, griego, o cualquier otra cosa. Por suerte, hay maduros y verdes, acompañados de otras sorpresas como yuca, ajíes, jojoto y algún que otro tubérculo o frutos nunca antes vistos.

Los ajíes no son los margariteños, pero son coloridos, hermosos. Los hay de muchos tipos. No queda más remedio que arriesgarse a comprar el que más se parezca al dulce y fragante de estas costas caribeñas. Luego se entenderá lo iluso que uno fue cuando se pruebe el dichoso ajicito y lloremos con el ardor en la lengua; imposible usarlo.

Plátanos y arroz en mano (y ají picante), hay que buscar la carne: falda de res, o skirt. Aunque parezca difícil de creer, la skirt existe, muy bonita, empaquetadita, en una nevera de algún supermercado londinense. Como si hubiera conseguido un tesoro, canto victoria.

El problema, ese que me ha llevado a relatar la experiencia, es ese que vivimos a diario aquí en Caracas, y que hasta cierto punto es lógico que ocurra por allá, en aquella isla imperial. Ni pensar en recurrir a los supermercados para resolverlo, por más exquisitos que sean; no hay Mercal con colas que salven el pabellón ofrecido, no hay buhoneros que le saquen a uno los ojos por una bolsita de caraotas.

La cosa se va poniendo fea, comienzo a perder la paciencia. ¿Cómo es posible que haya conseguido la skirt, los plantain o maduros, como dirían por algunos de estos lares, y me haya conformado con el basmati? ¿Cómo es posible que la pesadilla de las caraotas se traslade en primera clase hasta el Reino Unido, sibarita y variopinto por demás? ¿Cómo es posible que nadie sepa lo que es un paquete de caraotas?

Portobello me salvó, aquel lugar en donde hay buhoneros, pero de antigüedades maravillosas; será por esa reminiscencia de las calles caraqueñas, en las que no se puede caminar sin verse obligado a husmear en el tenderete de un buhonero; será por el ambiente de baratillo, aunque en libras esterlinas, que de repente entré en un refugio, una tiendita española —siempre la madre patria, duélale a quien le duela— y, paseándome entre membrillos y queso de tetilla al fin ¡frijoles negros!, los primos hermanos de las caraotas.

Con mi lista de ingredientes completa, pude hacer pabellón con cielo nublado, pabellón con viento helado, pabellón con guantes y gorros, pabellón con basmati y frijoles negros, pero pabellón. El sabor lo imaginé y lo recreé, como la venezolanidad que muchos se llevan en la maleta.