• Caracas (Venezuela)

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Pedro Conde Regardiz

Matar la verdad

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Dos activistas islamistas vinculados a Al-Qaeda en el Magreb islámico (AQMI) reivindicaron la muerte de dos enviados especiales de Radio France International, asesinados en el norte de Malí, según Sahara Medias de Mauritania. Cuatro periodistas franceses secuestrados en Siria. Con pretexto de austeridad, en Grecia despiden trabajadores de la televisión oficial.

China niega visas a reporteros de Reuter. Expresa enojo de diversas maneras por el contenido de las informaciones, “which it deems unflattering” (The New York Times, 9-11-2013) que se envían al exterior. En Venezuela, acaban de soltar a un reportero del Miami Herald, detenido porque envió reportes que no eran del agrado gubernamental. ¿Es raro que estos dos gobiernos, China y Venezuela, tengan la misma conducta ante la verdad de las noticias? En China hay una dictadura comunista y aquí va una “a paso de vencedores”. La “petrodictadura” criolla arrebata cámaras, rollos, infiltra espías en los medios, se entera antes de la publicación del contenido de los artículos de opinión, golpea periodistas, fotógrafos; hace poco militares dieron una golpiza a Jorge Santos de 2001.

Por doquier los regímenes dictatoriales, que devienen tales, sobre todo por su intolerancia a la libertad de expresión, hacen lo imposible por eliminarla, esconder la realidad, disimularla, desinformar los negativos resultados de su gestión administrativa.

Como es imposible que un régimen de este signo ideológico pueda sobrevivir en Venezuela sin un control de cambios, si es el caso, como generalmente lo es, se restringen las divisas necesarias para la importación de papel de periódicos o, mejor, se condiciona la asignación, que es la fuente de la autocensura para esconder la verdad. En la televisión se cambia la programación para evitar molestias en las esferas gubernamentales, prefieren airear bochornosos espectáculos de violencia y pornografía ante la mirada indiferente del gobierno.

Se impone aquí propaganda gubernamental obligatoria como las falacias del Banco Central de Venezuela con las cifras de crecimiento de la economía venezolana, o la chocante “tenemos patria”, por el evidente contraste entre lo que se proclama y el resultado desolador arrojado por las ejecutorias gubernamentales. Cuando un canal de televisión no se hace eco de la realidad nacional se le permite proyectar películas y otros eventos de dudosa edificación moral y ciudadana. Atreverse a informar la verdad es arriesgarse a que le suspendan la concesión y a soportar amenazas brutales, aunadas a la “persuasión” de algunas instituciones, como Seniat, al presentarse para revisar la contabilidad, los impuestos pagados.

Hubo malestar hace poco a causa de las informaciones referentes a la escasez de bienes y a los apagones eléctricos. Casi prohibieron la divulgación de esas calamidades al no poder afrontarlas y solucionarlas. De los personeros oficiales se apodera algo así como exasperación por las evidencias de su desastrosa gestión, desespero que los empuja a culpar a otros de su ineficacia, a esgrimir explicaciones inverosímiles y a ver visiones.

Siguiendo a China, donde “purifican el ambiente en línea”, intentan, para matar la verdad, controlar las redes sociales, pues su eficacia en difundir informaciones veraces, su poder comunicacional para realizar convocatorias, atenta contra la tranquilidad, que Maduro llama “paz”, para afianzar  desafueros, desgobierno, corrupción, entrega de las riquezas nacionales con que arruinan a Venezuela.

Ciertamente, aunque hay prácticas cuestionables del periodismo que, aunado con los intentos gubernamentales en muchos países de cercenar la verdad noticiosa, así como con los riesgos de los reporteros buscando noticias que brotan de la dinámica social, ha sugerido en Alemania: “Es ist Zeit für einen neuen Journalismus” (“es el tiempo de un nuevo periodismo”), que debería fortalecer la democracia.

La verdad siempre vive, aparece tarde o temprano.