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Rafael Rattia

El país que quiero

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En Facebook, la red social que màs visitan los venezolanos en los últimos tiempos, por razones que todos conocen, no faltò un perfil que no colocara en su “actualización de estado” sus propósitos de Año Nuevo. Muchos, la gran mayoría, pidió lo que todo el mundo siempre pide: un feliz año y un venturoso 2016, mucha paz, abundante salud, alegría, prosperidad y la consabida felicidad para el prójimo y sus familiares, todo ello ilustrado bellamente con fotos y videos de la màs ocurrente y cuchi imaginerìa virtual. Es obvio, viniendo de donde venimos, de una Venezuela totalmente devastada cuyos soportes jurídico-polìticos institucionales se muestran desvencijados en toda la magnitud de su tragedia, no es para menos que sus habitantes deseen en lo màs recóndito de su ser nacional hondos deseos por la recuperación de la institucionalidad derruida por los efectos deletéreos de los últimos quinquenios de “revolución” socialista, bolivariana, “pacìfica” pero armada como solìan adjetivarla algunos febriles camaraditas lucharmamentistas de raigal estirpe maoísta, stalinista y foquista guevarista que aùn juegan a esa apuesta fracasada de la tristemente cèlebre guerrila sesentosa del siglo pasado.  Còmo no desearnos recíprocos sentimientos de bienestar y salud si el sistema nacional de salud se encuentra en un calamitoso estado de quiebre y las pocas cadenas de farmacias muestras su estantería en su peor estado de precariedad y desabastecimiento. Los buenos deseos por nuestra salud y la del prójimo adquiere una espeluznante vigencia en momentos en que enfermarse en Venezuela resulta, literalmente, “ganarse” un boleto de ida sin retorno a la otra orilla del rìo de este vivir muriendo en que se debate el 90% del ciudadano común que habita esta república de tristes.

Yo también escribì en mi página de Facebook, brevemente, como suelo hacerlo, mis saldos y haberes que fue dejando en mi la atribulada existencia a que nos sometiò la inenarrable indolencia de la revolución bolivariana el último año caracterizada por horrorosas colas que se perdían de vista a los ojos de los transeúntes para arriesgarse a un golpe de azar y, ¡bingo! Comprar lo que en ese momento hubiera o fuera quedando de la esmirriada oferta de uno que otro producto alimentario. Empero, llegados al anhelado 2016, heme aquí que quiero compartir con mis eventuales lectores mis utópicas y quiméricas, que no por ello menos legìtimas, aspiraciones para este nuevo año que se vislumbra asaz beligerante en todos los planos de la vida nacional.

Aunque suene a perogrulladaquiero poner mi granito de arena para reedificar sobre nuevas bases axiológicas (ètico-valorativas) y nuevos cimientos epistémicos (nueva racionalidad doxogràfica e intelectual) del nuevo oikos(hogar) nacional que clama con angustiante razón el grueso de la población que lucha a diario con denuedo por su sobrevivencia. Quiero, aunque el verbo debería conjugarse en plural, una Venezuela que no tenga miedo de llevar su Smartphone, Tablet o laptop a una plaza pública y, sin temor a perder su vida a manos del hampa.

Quiero vivir en un país normal y eso creo que no es pedir un imposible; sin duda, se puede vivir una vida digna y sin desasosiego ni temor de ser secuestrado por bandas hamponiles que terminan asesinando a su “objetivo” porque sus familiares no tienen de dònde sacar los dólares que exigen los maleantes a cambio de la vida del secuestrado. Quiero un país vuelva a confiar en el trabajo manual e intelectual como palanca del crecimiento y desarrollo económico y que sienta vergüenza de la infamante dàdiva que irresponsable “papà” Estado ha instaurado en la mentalidad del venezolano como expresión sublimada de la subcultura pedigüeña. El país reclama otra forma de relacionamiento entre la sociedad y sus dirigentes alejada del deplorable signo mendicante. La recuperación de la venezolanidad pasa necesariamente por el restablecimiento de los principios de la dignidad y honestidad en el trabajo creador de riquezas. Es la hora de dejar atrás los deleznables atavismos de la distribución inequitativa de la pobreza fundada en el distribucionismo manirroto de la renta petrolera que cada dìa muestra la caída del precio del barril desequilibrando los ingresos del PIB y en consecuencia impactando terriblemente los equilibrios justos y necesarios de las cuentas fiscales del país.

En fin, apelo a la conciencia del ser nacional, hurgo en los recónditos escondrijos del ser venezolano y exhorto a mis connacionales a repensarnos y asumir nuestro delicado papel en el devenir republicano de la hora presente. Cada quien según su capacidad; el obrero dando al máximo en su fàbrica, el estudiante esforzándose al lìmite en su aula de clases, el campesino produciendo lo mejor que puede darnos la tierra, el profesional y el científico poniendo a prueba lo mejor que ha atesorado en su cauda gnoseológica-cognitiva, esto es, toda Venezuela una sola familia remando hacia una misma dirección. Sè que esto suena a irrealidad pero como dijo en cierta ocasión el gran Borges: “lo màs real procede del mundo de la imaginación”.

@rattia