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Leopoldo Tablante

Órdenes del cielo

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Las efusiones sentimentales de María Gabriela Chávez, la hija más mediática de Hugo Chávez, tienen como cometido despolitizar el recuerdo del padre para darle nuevos bríos a un movimiento gastado. A su vez, los herederos del chavismo han optado por aprovechar la corriente de dolor de la hija y han improvisado un filón del paraíso con la nueva serie de caricaturas producida por Barrio TV y transmitida por Vive y VTV, Chávez Nuestro que Estás en los Cielos, cuyo espacio es un cielo al que Chávez llega entre un fondo de joropo y calzado con alpargatas luego de un viaje en el funicular “Amor” del Metrocable de San Agustín. El teleférico atraviesa las nubes para llegar a un empíreo llanero presidido por Simón Bolívar.

La iniciativa no es original y quiere contestar el tono irreverente de La Isla Presidencial, la serie de caricaturas satíricas de Juan Andrés Ravell y Oswaldo Graziani que, para octubre de 2012, contaba con más de 22 millones de visitas en Youtube, tenía más de 32.000 suscriptores y había posibilitado un acuerdo entre RCTV, la compañía de producción Electus, de Ben Silverman, y Latin WE, de la actriz colombo-estadounidense Sofía Vergara. No obstante, si La Isla Presidencial encontraba en la informalidad y la resistencia política de Chávez la capa más vernácula de la política latinoamericana, Chávez Nuestro que Estás en los Cielos quiere hacer del ex presidente una figura votiva de proporciones sublimes.

Luego de que el Libertador le da la bienvenida a Chávez con un abrazo fraterno, el ex presidente se reúne con la corte socialista del eje celestial: Salvador Allende, el Che Guevara, el jefe indígena Guaicaipuro, Néstor Kirchner, Negro Primero, José Martí, Manuela Saenz, Ezequiel Zamora, Emiliano Zapata y, para poner ambiente, el cantante revolucionario Alí Primera. En el panteón también quiere infiltrarse un conspirador, el Tío Sam, sempiterna caricatura del imperialismo yanqui que figura como un mal atmosférico. No por casualidad, en su ascenso fallido hacia el cielo, el Tío Sam y su perro –un modo de parodiar el amor de los angloamericanos por estos animales− se alojan primero en una nube desde la que los derriba un panel solar del satélite Simón Bolívar. Ambos caen en un territorio venezolano erizado por pancartas que identifican las misiones: Venezuela como un país no logo que rechaza los emblemas de las marcas que uniforman el consumo en una economía global dirigida por Estados Unidos.

A pesar de que Chávez Nuestro que Estás en los Cielos persigue naturalizar y, al mismo tiempo, restarle solemnidad al recuerdo de Hugo Chávez (seguramente pensando en la audiencia infantil), el recurso al audio original de las alocuciones públicas del ex presidente le da a la serie un toque tétrico. Nicolás Maduro, devuelto a su original condición de chofer de Metrobús, no sólo simboliza la continuación del régimen colectivista que Hugo Chávez inauguró en 1999 (un lado de la carrocería del autobús que conduce muestra una ilustración de parte del rostro de Chávez, quien guiña el ojo), sino que también mete a Venezuela en el ómnibus de un país “que oye voces”: todas las horas de audio de Aló, Presidente –único programa de televisión en el que el tiempo no era el tirano– o de cualquier otra alocución pública del presidente fallecido, en las que Hugo Chávez se turnó entre todas las facetas del melodrama. Odio, indignación, sarcasmo, provocación, cinismo, piedad, etc., el archivo audiovisual chavista es inagotable, lleno de tantas frases memorables como dio la ocurrencia del mandatario en sus horas al aire, seguramente muchas más de las que Simón Bolívar pasó por escrito y publicadas en los tres gruesos volúmenes de su correspondencia.

Chávez Nuestro que Estás en los Cielos marca el paso hacia una nueva etapa: Chávez convertido en documento y en esfinge, fuente única e inagotable de citas citables por tema y fluctuaciones del alma, un compromiso de marca para un régimen vicario y un reto de clasificación urgente para los archivistas de la Biblioteca Nacional.