• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Optan por lo brutal

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Pretende el régimen que el país termine siendo y por siempre un miserable rincón, y no referido solo a lo geográfico, sino también y sobre todo de la vida, de la cultura, de la educación y el pensamiento político, llevados allí y a ello por seres primarios que en mala hora tomaron por asalto tramposo el poder.                 

Querríamos encarar el futuro en términos positivos, como lo hacen quienes cuentan con reservas suficientes para ello. Existe sin embargo una relación de causa-efecto por la que la disposición hacia una actitud constructiva requiere de un marco social, político y económico que la propicie, de una suma de hechos que la hagan factible, pero nuestra situación actual es de palpable anulación en muchos sentidos.

Difícil predecir qué tanto puede empeorar lo que padecemos en presente; pero en todo caso Caracas es hoy una escuela que nos prepara para cualquier contingencia negativa. Además, el manejo de la economía como posible soporte de bienestar humano, en Venezuela parece desvinculado de una seria visión de futuro, quedando sin respuestas cómo y con qué habremos de ir al encuentro de lo que nos aguarda; razón de que vastos sectores sociales sientan sus aspiraciones como irrealizables.

El saqueo hamponil seguirá o se agravará aunque la ruina nacional se traduzca en marginalidad y miseria extremas; también serán cada vez más graves la degradación y el hundimiento colectivos en lo ético y la moral pública. Ejemplos de la descarada ausencia de pudor lo son, el voraz hurto del Tesoro Nacional y el enriquecimiento de la cáfila cívico militar gobernante.

Animados de la convicción de rescatar a plenitud nuestro país del lastre cuartelero a que ha estado sometido, nos resulta despreciable quien actúe ceñido a la idea de que gobernar es un forzoso ejercicio de agresión, irrespeto y robo a un pueblo inerme, de vocación civilista y democrática. Estamos viendo aumentar cada día con una prisa desbocada, los desplantes y amenazas oficialistas contra la población opositora, y el aspirante a líder se presenta ensoberbecido con un poder que más que emanar de él se apoya en una melosa relación suya con las huestes castrenses.

Maduro ha dado sobradas muestras de su afán en mantener la consigna “Patria, socialismo o muerte”, pero en fanatizada aplicación de la versión personal suya, que indica “y muerte”. Como ya comenté meses atrás, no vale la pena hacer de él un tema, pues ya no hay ninguna revelación que agregar a sus conocidas perversiones, a su empeño en ser gracioso, ni acerca de la complicidad suya con políticos de similar primitivismo que incluyen terroristas, narcotraficantes, o insaciables chulos que viven a expensas de Venezuela.

En sus acciones se palpa odio a todo aquello que signifique intelecto, sensibilidad, y en general cultura, no siendo casual la animadversión hacia la UCV, ni el ensañamiento contra estudiantes que en su condición de seres pensantes con capacidad analítica y sentido crítico, adversen al régimen. Es por tanto un deber no decaer en el enfrentamiento a la bestialidad oficial, y ser fieles y firmes en la defensa de nuestros derechos.

Quienes condenamos la viciada conducta política oficial, constituimos una multitud que debe insistir en recuperar con dignidad su espacio, para expresar pública y decididamente lo que siente, lo que piensa, y sus demandas; y por lo cual, no está para nuevos marginamientos ni agresiones que pretendan silenciarla al salir a una continuidad de su presencia.  Asimismo y aun entendida una posible depresión anímica ante el torbellino de hechos absurdos, sabrá tener como un principio la no concesión de excesivo espacio ni mayor tiempo al efecto paralizante de eventuales frustraciones.