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Aníbal Romero

Oposición con brújula

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¿Es el pueblo venezolano un "bravo pueblo", como expresa el himno nacional? ¿Es el Ejército venezolano un "forjador de libertades", como se vanagloriaba en una época? No lo creo. Esos son giros retóricos, superficiales verbalizaciones que ocultan un vacío y distorsionan la verdad.

Si el pueblo venezolano fuese un bravo pueblo y nuestro Ejército un forjador de libertades Venezuela no sería, como lo es, la única colonia del mundo, que además de someterse a la dominación de otra nación, paga por la sujeción que aplasta su soberanía. No, no podemos sentirnos orgullosos los venezolanos de hoy. Ni los demagogos que nos gobiernan y aceptan con gozo el yugo al que les somete la voluntad de poder del despotismo cubano, ni el resto de los venezolanos, humillados en todos los ámbitos de nuestro ser nacional.

Vivimos tiempos deleznables. Nuestra dignidad es pisoteada por un régimen de oprobio, en tanto los hermanos Castro ejercen con altanería su dominio. Cuando nos independizamos de España veníamos de 300 años de vida colonial. Hoy, luego de doscientos de la primera emancipación, nuestro propio Gobierno, elegido varias veces por el presunto bravo pueblo, se arrodilla por su propio albedrío bajo el látigo de una tiranía empobrecida y voraz. Ante todo esto, ¿por qué la dirigencia de oposición sigue luciendo con frecuencia débil, acomplejada y sumisa? ¿Por qué sólo unos pocos, muy pocos de esos dirigentes políticos, entre los que se destaca una mujer valiente y admirable, María Corina Machado, colocan en el epicentro de sus preocupaciones y de sus luchas el tema medular, clave, prioritario, ineludible, de la dominación castrocomunista sobre nuestro país? Es inexplicable que la dirigencia opositora no haya convertido todavía esa dolorosa realidad en el tema fundamental, casi único, de su combate político. ¿Es acaso por miedo? ¿Es que tal vez en algunos de ellos persiste el mito de la revolución cubana, a pesar de su palpable fracaso? ¿O es que quizás temen que el grito de emancipación frente a un poder extranjero, que nos coloniza y explota, resonaría demasiado en los oídos de nuestros militares jóvenes, aún no corrompidos, y ellos podrían entonces tomarles la delantera en la liberación de la Patria? No tengo respuestas ante esta insondable pasividad opositora. Es cierto: de vez en cuando se emite algún pronunciamiento, de vez en cuando algún dirigente de la llamada MUD expone algunos planteamientos formales y desganados al respecto; pero solo se trata de eso, de manifestaciones ocasionales sin contundencia ni continuidad.

La oposición sigue sin brújula, a pesar de que es obvio cuál debe ser el camino que se tiene que seguir: enarbolar la bandera de la segunda Independencia de Venezuela, pero esta vez no ante un Imperio en decadencia como lo era el español a comienzos del siglo XIX, sino contra una satrapía que compensa sus enormes grietas con una voluntad de hierro, que comenzó por doblegar inicialmente la frágil psiquis de un caudillo acosado por sus limitaciones y delirios, y que luego ha logrado posesionarse de los nervios y músculos de una nación que alguna vez fue orgullosa y digna.

¿Bravo pueblo? ¿Ejército forjador de libertades? No lo parecen, por desgracia. Pero en medio de este panorama de desolación nacional todavía hay reservas, aunque sean pocas, de coraje y dignidad.

¡Qué la dirigencia opositora las encarne! ¡No hay otra opción! ¡No existe otro camino hacia adelante! ¿Cuándo van a entenderlo? Los problemas sociales y económicos son secundarios ante el desafío de reconquistar nuestra Independencia.