• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

Oficio de notables

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Entre los papeles de Jenofonte se encontró un texto de atribución dudosa que los expertos prefieren creer fue escrito por “el Viejo Oligarca”, como bautizaron al anónimo autor (aunque oficialmente al texto se le conoce como “La Constitución de Atenas” del seudo-Jenofonte). En efecto, la voz que se deja escuchar allí es, aparentemente, crítica: la de un ateniense que, quizás desde el exilio, desaprueba la constitución democrática, pero que no puede dejar de reconocer el éxito del sistema. El problema que quiere dilucidar el autor (y, como dice, explicarlo a los otros griegos) es cómo es posible que un régimen se sostenga sobre la preeminencia del elemento popular (el cual, dice el autor, está guiado en general por su propio interés) y la exclusión de los excelentes (los cuales, gracias a una mejor educación, tendrían una perspectiva más universal del bien común). El mal gobierno (kakonomia) no resulta importante para la mayoría popular; lo que es importante es tener poder y verse libre de dominación, es decir, construir un gobierno a su imagen y semejanza, por así decirlo. Curiosamente, el texto discurre de tal manera que la crítica se va transformando en elogio (y, retóricamente, esto se parece al extraño subterfugio que utiliza Jenofonte para su análisis de la tiranía en el Hieron: lo que parece elogio va decantándose en argumentación contra la tiranía).

La lógica de las democracias contemporáneas es más complicada, desde luego, pero la idea de que el bien común no es una construcción (precisamente) común, sino el resultado de la ilustración, de la voluntad iluminada de quienes más saben, permanece entre nosotros. No podría decir si es la inspiración ciceroniana que nuestros tribunos republicanos quisieron encarnar al momento de las fundaciones nacionales, pero es el caso que la idea de que el pueblo debe evolucionar, educarse, civilizarse, antes de ser un sujeto político viable (y que, para ello, era imprescindible la guiatura de los que saben) formó el corazón de ese gomecismo ilustrado que se prolongó tan adentro en el siglo XX.

Tanto que en realidad aún sigue allí. Es tentador interpretar el inclemente ataque sobre la democracia moderna venezolana, sobre la democracia pactada de 1958, como la arremetida del positivismo gomecista (en su versión civil y en la militar) contra la construcción adeca del pueblo como concepto policlasista y unitario (y como lugar simbólico del acuerdo, pacto o consenso social). La idea betancouriana (y generalizada luego como fundamento del sistema) del bien común como resultado de un pacto, de un contrato cuyas partes se someten a él sin diluirse y exterminarse, resultaba particularmente irritante para quienes sostenían visiones “superiores”, más técnicas, más perfeccionistas, del bien común (al que suelen llamar “proyecto de país”, en franco éxtasis ingenieril). En este universo no caben los partidos políticos, esas palancas del acuerdo y el desacuerdo que forman los consensos. No es el consenso sino la verdad lo que se venera, de modo que los partidos, en realidad, sobran y molestan. La verdad no necesita partidos; todo lo más, necesita propagandistas.

Esta visión gomecista confluyó en la defenestración de Pérez (aunque no fue su única fuente), y solo después de la elección de Chávez se van separando sus dos brazos principales: el chavismo va construyendo su identidad sobre el modelo de dominación que más tenía a mano, el cubano; los aventados de la “constituyente” pregonan su decepción y su inocencia, sin mucho ruido. Ya no eran tan notables.

Por poco tiempo: en el increíblemente largo trayecto de estos quince años, el país buscó su alternativa, después de esa cúspide de la antipolítica (y de la “notabilidad”) que fueron los años 2002-2005. No porque se recuperara la confianza en los partidos políticos, sino porque el saldo terrible de esos años obligó a prestársela.

Al menos así parece, visto desde hoy. Vuelven las consignas que oponen la indignación a la política. La ira y la irritación, el dolor de patria (por darle un nombre) son reales y vividos. Pero no son, ni pueden ser, instrumentos de lucha política. Son motivos y razones, pero no medios de lucha.

La política tiene su gramática: se mueve entre el orden y el desorden (algo así decía Paul Valéry). Entre el acuerdo y el desacuerdo. Entre la realidad y la aspiración. Dosifica la pasión aunque no siempre tenga razón. Se equivoca. Tantea, va y viene. Busca caminos, no atajos ni trochas. Trabaja con lo que hay, con lo que somos. No con fórmulas, no con ecuaciones, no con cálculos, no con sabios, no con “voluntades” ni verdades autoevidentes, no con sentimentalismos o arrecheras que terminan fortaleciendo las agendas más notables.


 @cocap