• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Ocultar la máscara

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En medio del crimen, la dictadura y el zaperocón político llegó el Carnaval, secuela moderna de una de las fiestas paganas más vivas de la antigüedad. El momento en el que a través de la máscara y del disfraz revelamos nuestra oculta personalidad, pero sin mostrarnos. Permitimos que lo recóndito surja y se manifieste solo a través de la simulación con la que se da a entender algo distinto pero no ajeno a lo que sentimos. Parapeteada tras la máscara o debajo del traje de “negrita” o mamarracho y escondida en la risa fácil y la voz de falsete yace la personalidad que quiere expresarse y comunicarse, pero a la que le asusta escapar de la frustración o del cerco de vida en que se debate permanentemente. Con el Carnaval todo desafuero se permite ¡siempre que nos ocultemos en el disfraz!

También los gobiernos, mientras pueden, ocultan sus intenciones o inclinaciones dictatoriales. Fidel Castro esperó meses para quitarse la máscara revolucionaria y mostrar la del sátrapa. Algo similar ocurrió con el comandante bolivariano antes de asumirse como pajarito sin vestir por ello ningún disfraz. Acaba de ocurrirle a su sucesor: atormentado por su ineficacia, el desgobierno, el desplome económico y con unos estudiantes que siguen protestando en las calles, se quitó la máscara de demócrata al ordenar los desafueros de la despiadada Guardia Nacional y las criminales agresiones de los colectivos armados por Miraflores. Antes se decía de él que, a veces, (¡muy pocas!) intentaba ser jovial; ser oriundo del Norte de Santander hasta prueba en contrario; reposero, pero caritativo. El país comenta hoy descorazonado que, por el contrario, es hombre opresor, tiránico y desalmado. La pregunta que, inquietos, nos hacemos todos es: ¿dónde escondía la máscara?

Sus indetenibles y crispados opositores lo imaginamos en el Palacio, frente al  espejo, vestido con la vulgar camisa roja que banaliza la abusiva banda presidencial, poniéndose y quitándose alternativa y nerviosamente la máscara de demócrata y de dictador a ver con cuál de las dos se ve mejor hasta que decide que con la de tirano se siente más arrecho y vernáculo; quiero decir, menos cucuteño; creyendo que así lo tomarán en cuenta y lo respetarán hasta los mismos militares que desde que entran en el cuartel ya saben cuál es la máscara que les corresponde. Militares nefastos como Juan Vicente Gómez o el propio Pérez Jiménez no perdieron tiempo mirando máscaras: nacieron con las suyas y jamás tuvieron necesidad de tener en reserva la de ningún cubano tan perverso como ellos.

Se acepta que el cine use máscaras y que los actores vivan disfrazados. Una película titulada Orfeo negro, premio en Cannes en l968, utilizó el Carnaval de Río como telón de fondo; situó la historia de Orfeo en una favela de Río de Janeiro y disfrazó ¡al Carnaval!

Los críticos se dividieron. Unos encontraron irritante aquella película en la que un chofer negro mata accidentalmente a su amiga y después de buscarla en las más bajas regiones se mata para estar junto a ella. Era como descender a los infiernos en medio del Carnaval y las escuelas de samba para revelar la pobreza de las favelas con la mirada desdeñosa pero paternal que el hemisferio norte sostiene hacia los “nativos” latinoamericanos o hacia los negritos curucumbambas del trópico. Pero otros, más que con la presuntuosa historia de Orfeo en medio de la marginalidad carioca, se impresionaron con las desventuras del subdesrrollo.

¡En Venezuela vamos más allá! La máxima autoridad civil, llamada “caudillo”, emplea a su antojo y conveniencia la máscara de la democracia para esconder el verdadero rostro de sus desvergüenzas, pero cuando el gobierno es militar y se siente caído políticamente se pone la de “dictador”, pretendiendo disfrazar de pacífico y progresista a un país enfermo, supliciado y bolivariano en el que se tortura y se masacra a los estudiantes mientras lleva a la cárcel a gente decente como yo.