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Ricardo Ramírez Requena

Octavio Paz y la forma del futuro

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Octavio Paz fue quizás el intelectual latinoamericano más importante del siglo XX. Enamorado de la modernidad, no dejó de leerla, pensarla, cuestionarla, criticarla. Pocos autores tienen el recorrido vital que impregnó su vida por completo: no conformarse, seguir buscando siempre, no conformarse. Nacido en 1914, Octavio Paz se encontró enseñando a leer a campesinos en el México profundo y recorriendo los campos de España en plena Guerra Civil, antes de los treinta años. Antes de los treinta años, además, ya había hecho amistad y establecido trato con varios de los poetas en lengua española más importantes de su generación. Precoz en todo sentido, antes de los cuarenta años había viajado a California para familiarizarse con la poesía anglosajona, de Pound en adelante, y había puesto sus pies en París, en donde haría amistad con Breton y los surrealistas, de cuyo espíritu se nutrió a lo largo de toda su vida. Luego, Japón, India, una breve temporada en Inglaterra y una tentativa de establecerse en Argentina o Venezuela a principios de los años setentas. La carrera diplomática le permitió mundo, lenguas, literaturas diversas; en todas buceó, y a todas devoró con admiración, nutriéndose de diferentes tradiciones. Cada poemario de Paz era un comienzo nuevo (por lo menos desde Libertad bajo palabra); cada poemario una tradición que releía, destrozaba, trataba dulcemente. Son muy diferentes libros Salamandra y Blanco; son poemas diferentes, “Piedra de sol” y “Nocturno de San Ildefonso”. La obra poética de Octavio Paz fue una de las más arriesgadas en lengua española, y quizás una de las más cuestionadores. Lector insaciable, tradujo a poetas japoneses y suecos; a Pessoa; a antiguos escritores chinos; reveló a la India ante el lector hispanoamericano, así como no dejó de velar por la lectura y publicación de nuestros mejores poetas en otras lenguas (su labor detrás de las revistas literarias ha sido bien estudiada).

Múltiples obras suyas han sido analizadas con profundidad y tino, en especial las más conocidas, como El laberinto de la soledad, o La llama doble. Quisiera hablar de algunos ensayos que son centrales para nosotros como herederos de esa modernidad que cada día se diluye. Me interesa al Octavio Paz, no solo cuestionador perenne de aquello que damos por sentado, sino también visionario de realidades que nos aquejan aun hoy, y que él supe enunciar correctamente a partir de dudas, intuiciones, sabiduría. Los signos en rotación, La nueva analogía: poesía y tecnología, así como los ensayos contenidos en La otra voz: Poesía y fin de siglo, señalan claves para leer el recorrido del hombre occidental y latinoamericano durante todo el siglo XX, pero también para seguir en la aventura que nuestro tiempo nos señala y exige.

A partir de los vínculos siempre presentes entre poesía y sociedad, Paz no deja de señalar a la imaginación como un elemento central para ver el ahora, eso que tanto lo obsesionó. La búsqueda permanente del ahora, es fundamental en él, a partir de la presencia que la poesía revela.  Nos dice:

“Así, la imaginación no puede proponerse sino recuperar y exaltar -descubrir y proyectar- la vida concreta de hoy. Lo primero, el descubrir, designa a la experiencia poética; lo segundo, la proyección, se refiere al poema propiamente dicho y será tratado más adelante.

“En cuanto a lo primero, empezaré por decir que la vida concreta es la verdadera vida, por oposición al vivir uniforme que intenta imponernos la sociedad contemporánea”.

Mucho antes que sociólogos como Lipovetsky, Paz no dejó de señalar lo vacío del tiempo posterior a la Segunda Guerra Mundial y cómo la poesía debe tener un ligar central para lograr la convivencia y la experiencia diaria del ahora. En sus últimos años, no dejó Paz de hacer énfasis en aquello que venía diciéndonos desde los años setentas:

“El futuro que se prepara no se parece al que pensó y quiso nuestra civilización. Ni siquiera podemos afirmar que tenga parecido alguno: no sólo ignoramos su figura, sino que su esencia consiste en no tenerla. Situación única: por primera vez el futuro carece de forma. Antes del nacimiento de la conciencia histórica, la forma del futuro no era terrestre ni temporal: era mítica y acaecía en un tiempo fuera del tiempo. El hombre moderno hizo descender al futuro, lo arraigó en la tierra y le dio fecha: lo convirtió en historia. Ahora, al perder su sentido, la historia ha perdido su imperio sobre el futuro y también sobre el presente. Al desfigurarse el futuro, la historia cesa de justificar el presente”.

Darle al futuro una forma: es el reto mayor que Paz nos dejó indicado. Luego de la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética y el Bloque de Varsovia, de años de denuncias contra las tiranías de derecha o izquierda, del estalinismo y el fascismo, (los escritos políticos de Paz necesitan una mayor difusión), nos encontramos con un tiempo en donde el capitalismo más salvaje arremete en el mundo. Paz asumió la herencia liberal, como lo hizo Camus, Orwell, Berlin y otros, pero de igual manera, como dijo alguna vez Roger Bartra, no dejó nunca de ser un hombre de izquierda. Su cercanía cada vez mayor durante los años ochentas y noventas a los socialistas utópicos, a la rebeldía del anarquismo, señalan una búsqueda para el futuro: cuál camino en términos políticos transitar. No el de la Revolución, que es el tiempo de la modernidad (“Las revoluciones son fenómenos históricos, es decir, temporales. La crítica del tiempo es irrefutable porque es la crítica de la realidad: muestra sin demostrar. Y lo que muestra es que la Revolución comienza como promesa, se disipa en agitaciones frenéticas y se congela en dictaduras sangrientas que son la negación del impulso que la encendió al nacer”), sino desde otra propuesta, que debería encauzar nuestro tiempo. Paz decantó y analizó el legado de la Revolución Francesa: la libertad, la igualdad y la fraternidad. En sus últimos años, no dejó de pensar y repensar este último término, idea, concepto. No dejaba de señalarnos ese camino: darle a la fraternidad una forma, en especial en términos políticos. Pero esta invitación a la fraternidad, la hace desde la poesía, no desde la política. Desde el ahora, desde el presente eterno y que dura un instante de la poesía. La plaza pública para Paz debía dibujarse desde las experiencias del amor y la poesía. En ese sentido, fue un gran hijo de la tradición romántica y surrealista. Pero por otro lado, sus lecturas de Hegel y de Nietzsche no dejan de permear estas ideas: abrirse a lo nuevo, fundar críticamente un futuro aquí, ya, ahora, a partir de un cambio cultural profundo, desde la imaginación.

En el centenario del nacimiento de Octavio Paz, no puedo dejar de tener presente lo siguiente: nos invitó, en la segunda mitad de su vida, a pensar un futuro y darle una forma. El tiempo de la modernidad había quedado atrás. Sus preguntas, intuiciones, certezas, además de una vasta experiencia del siglo XX, deberían marcarnos el camino:

“La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No”.

Desde la libertad, con conciencia de los límites (igualdad), hacia un futuro concreto, fraterno.

Hay un futuro al que darle forma. La obra de Octavio Paz es una de las herramientas imprescindibles para la visión de ese futuro. Es uno de nuestros faros.