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Enrique Krauze

Octavio Paz: la esencia del amor *

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Otro poeta del amor, el rey Salomón, escribió El cantar de los cantares en su juventud y terminó sus días lamentando, en el Eclesiastés, la vanidad de vanidades en este mundo. El arco natural de la vida describe ese tránsito que está también en la poesía de Octavio Paz: de su temprana celebración de los cuerpos y el erotismo, a la contemplación serena de la mujer: “Fuente en la noche, yo me fío a su fluir sosegado”. Pero Paz no cedió a la desazón. La llama doble es una carta de creencia sobre la facultad salvífica del amor.

Aunque había trazado sus primeros esbozos en 1965, la fuerza misma del amor pleno que acababa de encontrar con Marie José Tramini lo llevó a postergar su proyecto indefinidamente. En esos años, y en las décadas dichosas que siguieron, la expresión del amor –su representación, su pasmo, su celebración– ocurrió en la poesía, más que en el ensayo. Pero en 1993, frente al horizonte de los 80 años, sintió la necesidad de concluir aquel libro sobre el tema dominante de su vida y su obra, más dominante aún que el enigma del poder, y tan o más intenso que su devoción por México: el tema del amor.

“El amor está en la mirada”, me dijo alguna vez, haciendo la señal de ese vaivén con su dedo índice e intermedio. Un hechizo mutuo que penetra por los ojos y desciende hasta el pozo profundo del alma, de las almas. Esa frase, eco de Piedra de sol (“El mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen”) contiene la pregunta central que se hizo Paz sobre el amor, similar a la que se hizo sobre la revolución, los regímenes totalitarios, el destino de México. Y esa pregunta no atañe al cómo ni al cuándo, ni siquiera al por qué del amor, sino a su esencia.

Coleridge trazó la división entre aristotélicos y platónicos. Aquellos, ya sea en la tradición latina o la árabe, seguían al amor su movimiento habitual: del flechazo al encuentro, del abrazo al lecho, de la costumbre al desencuentro, de la separación a la ruptura. Son libros deliciosos y sabios, homenajes poéticos a la amada, plenos de detalles curiosos, de extraños brebajes, de argucias para la seducción y consuelos en la desdicha.

La llama doble pertenece a la otra tradición: es el libro de un poeta platónico. Aunque desliza aquí y allá una sutil y variada preceptiva, no mira a la tierra sino al cielo, al cielo de las esencias. Su pregunta es la del Banquete de Platón y sus respuestas no son, en el fondo, muy distintas al mito del Andrógino que propone aquel diálogo: el encuentro de dos almas irrepetibles, la anhelada “completud” de dos mitades perdidas en el tiempo, la conquista –fugaz y eterna– de “nuestra pequeña porción de paraíso”, la última y más íntima comunión.

Todos los temas terrenales, sensuales, carnales del amor aparecen en La llama doble, pero transfigurados por la escala ascendente que postula: del sexo al erotismo, del erotismo al amor. A Paz no le interesan tanto las infinitas variantes de su presencia (su fenomenología, diríamos) sino su contribución a la esencia. A integrar los “elementos constitutivos” de esa “esencia” dedica páginas inolvidables, que no sólo representan una lección de sabiduría sentimental sino moral. Pero su gloria está en la conjunción genuina de los cuerpos y las almas.

En páginas inolvidables de La llama doble, Paz revela el sentido de cada verso en el poema de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte” (“polvo seré, mas polvo enamorado”). La fuerza de sus palabras radica en la altura vital de quien las escribe: Paz vislumbra el horizonte de la muerte y encuentra en el amor la única respuesta para mirarla de frente.

Habrá quien difiera de su concepto platónico y de la idea del “amor único”. Habrá quien reivindique la esfera del placer epicúreo. Habrá quien objete –con razón, a mi juicio– su concepto del amor filial como un sentimiento melancólico, fruto de la piedad. Habrá quien exalte más el valor de la amistad. Pero nadie negará que La llama doble es el peldaño final en la poesía amorosa de Paz, la confesión postrera sobre el tema, el karmático resumen de su biografía, de su aprendizaje.

En aquel umbral, Paz llegó a un concepto sagrado del amor, una idea que transgrede el cristianismo pero que también lo cumple: “Todo amor es una eucaristía”.

 

* Fragmento del prólogo a la reedición de La llama doble, que publicará Planeta próximamente.