• Caracas (Venezuela)

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Fernando Rodríguez

OLP

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Salvo en los últimos meses en que la escasez se ha vuelto tortura tantálica de nuestros ciudadanos, la inseguridad ha sido considerada por años la pandemia social más importante de las tantas que azotan al país. Es la vida la que se juega. En ese espacio este régimen ha sido nefasto no solo porque nos ha convertido en uno de los países con más criminalidad en el mundo, sino porque él mismo ha generado formas inéditas y alevosas de violencia. Eso lo sabemos todos, lo tenemos inscrito en el sistema nervioso. Bueno, es lo que lo hace propicio para una ejemplar misión que borre los pecados del ominoso pasado y genere los signos de un futuro áureo, de paz como tanto dice Maduro.

Tal era el caso de la vivienda. El chavismo había sido durante casi tres lustros peor en ese ámbito que el peor gobierno del puntofijismo. Vino entonces la atronadora Gran Misión Vivienda, “el milagro de Chávez en la tierra”, de nuevo dice Maduro. Más espejismo publicitario que realidad, pero se ganó la elección en vistas.

Ahora la cosa es más difícil. No solo por la crisis demoledora, las colas, los precios y los crímenes de toda hora y cualquier lugar sino por la consecuente y radical ventaja que las encuestas dan a la oposición. Y, para colmo de males, no hay plata para hacer cosas tangibles y abundantes. Solo aquellas dirigidas a conceptos seculares o cifras ya muy sólidas, el nacionalismo y la reducción de la delincuencia. Y a falta de fondos, botas con poco uso para pisotear gente.

El patrioterismo comenzó, además de los enemigos de siempre, con Guyana. Plato viejo, frío y de lenta digestión, ya postergado. Lo segundo, con los operativos de liberación del pueblo que han culminado con los atroces desmanes de la frontera y que han golpeado los derechos humanos de humildes colombianos, crueldades que han recibido la condena de medio mundo.

Esas misiones deben ser ante todo grandes. Ayer, grandes edificios y en lugares de mucha visibilidad, promoción a granel, cifras infladas sin pudor. Ahora, después de más de veinte políticas antidelictivas que apenas se sintieron, se busca el relumbrón mediante el número de efectivos policiales y militares empleados, centenares y miles, y el número de bajas del “enemigo” en las batallas. No importa si el objetivo concreto es un humilde barrio caraqueño. “Ahora sí se está actuando de verdad, se ve” debe ser el efecto a lograr.

En el caso del Táchira se matan varios pájaros de un tiro: se reactiva el nacionalismo fascistoide, la paranoia paramilitar (afirma Maduro que lo van a volver a matar, con “anuencia” no de Uribe, de ¡Santos!), la tal guerra económica y, muy importante, el operativo grandote, 3.000 efectivos por ahora, para sugerir que se están abocando en serio a la frontera con Colombia, la zona más podrida del país. Esto último sin culpables capturados, mucho menos los que mueven los hilos mayores desde diversos poderes, hasta muy arriba.

Todo hace prever que si esto no tiene como finalidad el detener las elecciones y/o consumar la hegemonía militar, posible en esa mezcla de miedo y locura que lo motiva, no va a conseguir sino aumentar el desprestigio internacional y nacional del gobierno. Multiplicando la zozobra y la neurosis ciudadanas, ahuyentando votos colombianos, reprimiendo ampliamente zonas populares, muchos justos y pocos pecadores. Nada indica que las colas no seguirán creciendo, la inflación devorándonos y el número de crímenes tan espantoso como siempre. Esto último a pesar de la hegemonía mediática y la capacidad gubernamental de adulterar información y esconder las cifras de la amargura.

Puede que mucha gente desconozca los guarismos del Banco Central, pero sí que sabe de las balaceras del barrio y del último descuartizador. De eso que nos hace morir muriendo.