• Caracas (Venezuela)

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Asdrúbal Aguiar

La OEA vota por la censura

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La deriva dictatorial venezolana y el quiebre de su socialismo a la cubana, desprendieron las alarmas en la región. Y no se trata del desbarajuste fiscal que sitúa a la Venezuela petrolera como el país de mayor inflación en el mundo, con un desempleo real y encubierto que alcanza al 65%, o que importa gasolina para su consumo interno, sino de violaciones generalizadas y sistemáticas de derechos humanos ocurridas como política de Estado para contener a la población enardecida y ocultar lo evidente. 

Hasta su Estado de Derecho cedió para facilitar el encarcelamiento ilegal de los líderes opositores. La “ficción democrática” llega a su fin y algunos de nuestros socios de ayer han dicho basta en el Consejo Permanente de la OEA. 

Un asunto que para la vieja diplomacia allí sentada es apenas procedimental, a saber, decidir la realización abierta o secreta de sus reuniones, fue la espita que ahora permite apreciar el renacimiento de una tendencia dispuesta a comprender, si no nuestra tragedia cuando menos las exigencias de la sociedad global de la información. 

Se esperaba que María Corina Machado, líder de oposición, hablase desde el asiento del representante de Panamá lo que ocurre bajo el Gobierno de Nicolás Maduro. Pero la operación para impedirlo dejó al desnudo a la propia OEA. 

La audiencia de CNN observaba, en vivo, que así como desde Venezuela su Gobierno militarista tumba la señal de NTN24, interfiere las redes sociales, y expulsa a corresponsales extranjeros para acallar la masacre recién ocurrida – 31 muertos, 461 heridos, 59 torturados y casi 1.800 detenidos – desde el mismo organismo encargado de defender a la democracia se impuso el blackout. De 33 países, 11 demandaron transparencia, respeto por la opinión pública ante un tema de interés global: la tensión en Venezuela. 

Brasil, a la vieja usanza, pidió una sesión privada para no promover escándalos de opinión, con desprecio por la columna vertebral de la democracia. El representante de Maduro, a su vez, hizo gala de su habitual cinismo: a nombre de la “transparencia” apoyó la mordaza. 

La buena nueva, no obstante, gracias al desafío que planteara la esperada intervención de María Corina, llega en hora buena. Hasta los gobiernos más realistas –representantes de 68% de la población americana– le fijaron un límite moral al silencio de sus diplomáticos, el respeto por la vida y la integridad personal.