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Armando Durán

La OEA denuncia a maduro y a su CNE

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Hace dos semanas, Ricardo Lagos, ex presidente socialista de Chi-le, al referirse a la situación política de Venezuela y a la prisión que sufren Leopoldo López y otros opositores del régimen chavista por el simple hecho de disentir, se lamentaba de que sobre estos penosos temas se escucha “un silencio estruendoso en América Latina”.

Esta tendencia cambió drásticamente y de repente el martes pasado, cuando Luis Almagro, socialista como Lagos, canciller de Uruguay durante el gobierno de José Mujica y actualmente secretario general de la OEA, en respuesta a la negativa del CNE a autorizar la presencia en Venezuela de una misión de observadores del organismo en las elecciones del 6-D, le escribió a Tibisay Lucena una carta esclarecedora. En las 18 páginas del texto desnuda Almagro, una por una y con lujo de detalles, las artimañas con que ha sembrado el régimen el camino del 6-D para impedir la victoria de la oposición, y alza la voz, protesta y denuncia la inaceptable conducta de Nicolás Maduro y de su CNE.

Sin la menor duda se trata del documento de mayor trascendencia elaborado en estos 16 años sobre el régimen chavista. Sobre todo, porque no recoge una mera posición personal de Almagro. Cuando el secretario general de la OEA fija posición sobre un asunto de tanto peso como la violación sistemática de los principios democráticos en un país de la región, no puede hacerlo sin previa consulta y aprobación de los gobiernos miembros del organismo. De manera muy especial si su conclusión, alejada por completo de ambigüedades diplomáticas, cómodos equívocos políticos y de la nada disimulada connivencia de su predecesor con los intereses más tortuosos del régimen venezolano, constituye una advertencia terminal a Maduro y a su subalterna Lucena: “No puedo hacer la vista gorda”, sostiene Almagro con rotunda firmeza al final de su demanda a Venezuela, “ante hechos concretos que claramente vulneran derechos en el marco de la campaña electoral y del propio proceso electoral… Por todo lo expuesto en esta carta, existen razones para creer que las condiciones en las que el pueblo va a ir a votar el 6 de diciembre no están en estos momentos garantizados al nivel de transparencia y justicia electoral que usted, desde el CNE, debería garantizar.”

Frente al silencio “estruendoso” con que los gobiernos de la región sí se han venido haciendo los locos en el caso venezolano, la carta de Almagro, auténtico preaviso al régimen y al CNE, corrige ese rumbo y transmite el mensaje de que hasta aquí llega la paciencia latinoamericana. Si en esta hora difícil Maduro decide seguir adelante con sus planes para ganar las elecciones del 6 de diciembre “como sea”, tendrá que atenerse a las consecuencias. Vaya, que si a pesar de esta advertencia regional decide convertir su retórica bravuconada de guapetón de barrio en el antidemocrático acto de violentar la voluntad popular de los venezolanos y resuelve hacer realidad sus reiteradas amenazas de no reconocer un eventual triunfo electoral de sus adversarios, estaría transgrediendo flagrantemente las normas esenciales de la Carta Democrática de la OEA y cometiendo un fraude que, en esta ocasión, no contaría con el habitual y estruendoso silencio de América Latina.

En otras palabras, con la carta de Almagro, la OEA insinúa que desde el gobierno de Venezuela se ha fraguado y se está poniendo en marcha un golpe de Estado para asegurarle al régimen una ilegítima victoria electoral el 6-D y le aclara a unos y a otros que en esta ocasión la comunidad latinoamericana no guardará silencio. Situación que coloca a Maduro ante un dilema imposible. O lanza al país al abismo del megafraude que él necesita para darle continuidad a su proyecto político, o admite la derrota, lo cual equivaldría a marcar ese día crucial como el primer día del fin de su Presidencia. Esta es la irremediable realidad electoral de Venezuela.