• Caracas (Venezuela)

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Ronald Nava García

¿Nuevo periodismo especializado?

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Ya les digo que hay temas a los que el periodismo debería dedicarle más fervor, más trabajo y más espacio. Piense en uno que produzca elevada y continua contaminación ambiental, no solo la que maltrata el aparato respiratorio sino la que se ensaña con los oídos y los ojos, agrego. Pero, además causa alteraciones en el ánimo y el carácter de la gente; y por si fuera poco, tiene un significado gordo a la hora de hablar de productividad y rendimiento laboral.

Y les pregunto: ¿No creen ustedes que el autor de todos esos estropicios merece mayor atención y una cobertura más estructurada y constante que puntuales y volanderos reportes sobre el tránsito automotor en nuestras ciudades? Porque de ello es que van las líneas de hoy.

No se pretende uno descubridor del agua tibia, que ya el tema se ha instalado en otros países, en el periodismo de otros países, y comienza a formar parte de la agenda de los estudiosos, tal como lo hace la Fundación para el Nuevo Periodismo Latinoamericano -la de García Márquez, digo- cuando desarrolla un seminario-taller sobre cobertura periodística de las políticas urbanas desde la movilidad, organizado en conjunto con la Corporación Andina de Fomento.

La cosa, que ya es un problema de salud pública, tenía tiempo bajo la mira de las autoridades en Estados Unidos y Europa. En ese continente, según informe del año 2000, la Organización Mundial de la Salud señala que entre 36.000 y 129.000 personas mueren anualmente en ciudades europeas como resultado de la exposición a largo plazo a la contaminación atmosférica generada por el tráfico.

Esas terribles cifras, ya añosas, deben haber aumentado, porque la motorización crece en todo el mundo, al margen de que no solo se trata de decesos sino de secuelas como las disfunciones respiratorias y muy particularmente el asma, que es un verdadero azote para los infantes y adultos mayores.

En el caso concreto de nuestras ciudades, comenzando por Caracas, el asunto es de ponerse a llorar, cada día, cada mañana rumbo a lugares de trabajo y centros de estudio. O cada tarde, cuando toca el regreso al hogar. El impacto de esas horas diarias de trancas machaca el ánimo de todos, hace puré las mejores intenciones y maja sin piedad la fuerza necesaria para atender al progreso personal y la superación.

Al periodismo, cuya esencia es la preocupación por la gente, la cosa le atañe directamente, mucho más allá de esas notas puntuales y volanderas, de esa foto de primera con la tranca del día, ya sea causada de manera “natural” o por eventos como una protesta o el reventón de un acueducto, que en algo se asemejan.

Y no se trata de un asunto entre lo digital y lo impreso, se trata, como siempre de periodismo, puro y duro. Se trata del lugar que en la sociedad le corresponde al oficio. Es más, ahora, cuando la palabra crisis es la más trajinada en los despachos de los editores, y cuando se barajan ideas, iniciativas y propuestas acordes con la tecnología y el futuro para salir adelante, la calidad, que no es gratis, es la clave para salir del atolladero, de los atascos, que suena más oportuno. O así.