• Caracas (Venezuela)

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Un año atrás, Benedicto XVI componía un gesto de magnitud acorde con los desafíos que atraviesan la humanidad y la Iglesia. Un gesto capaz de conmover, descentrar, convocar e interpelar no sólo a cristianos y creyentes.

Su renuncia sin precedente fue un valiente reconocimiento de su debilidad, un gesto augural, ciertamente su mayor encíclica. Logró con ella sacudir las entrañas de la Iglesia e invitar a los seguidores de Jesús a abrir y recorrer el sendero de un nuevo tiempo. La simiente de ese gesto podía encontrarse en la jaculatoria a la que recurrió cuando el cónclave de 2005 lo eligió: “Señor, ¡no me hagas esto! ¡Tienes a otros más jóvenes y mejores!”.
La renuncia sorprendió aún más por el celo con el cual fue preservada de la contaminación de las filtraciones e intrigas palaciegas, modo excelso que logró el pontífice para expresar su auténtico origen: la honda meditación de su conciencia delante de Dios. Incubaba en él, la había mentado públicamente y la venía madurando desde su viaje a México y Cuba. Fue una decisión meditada, razonada, propia de una personalidad espiritual que ha entregado páginas memorables sobre el vínculo entre la fe y la razón.

Benedicto XVI quiso que su Iglesia, tras los terribles casos de abusos y otros gravísimos extravíos, se sometiera a una suerte de limpieza a fondo. Un ambiente al que había enfrentado y denunciado sin ambages, valiéndose de la prosa encendida del apóstol Pablo en la carta a los Gálatas: “Si se muerden y devoran unos a otros, terminarán por destruirse mutuamente”. No sin dolor, el hoy papa emérito había confesado que ese “morder y devorar” existía también hoy en la Iglesia, como lo dejó escrito en las oraciones de aquel Via Crucis de finales del pontificado de su predecesor polaco.
Casi 25 años en la curia vaticana junto al beato Juan Pablo II y a punto de completar otros ocho en la cátedra de Pedro, pocos como él conocían a la Iglesia, sus enormes desafíos y dificultades. Sus sombras y sus luces. A él le tocó lidiar con la tragedia de los abusos, imponer la tolerancia cero y decir palabras definitivas: “Ha sido estremecedor para todos nosotros., tanta suciedad ha sido como el cráter de un volcán del que de pronto salió una nube de inmundicia que todo lo oscureció y ensució”.

“Lo importante es, en primer lugar, cuidar de las víctimas y hacer todo lo posible por ayudarlas y por estar a su lado con ánimo de contribuir a su sanación. Lo que nunca debe suceder es escabullirse y pretender no haber visto, dejando que los autores de los crímenes sigan cometiendo sus acciones”.
Después de discusiones infructuosas y de ocuparse de forma paralizante de sí misma, parecía indispensable para los cristianos conocer de nuevo el misterio del Evangelio en toda su grandeza cósmica. Con su enorme gesto, la sede de Pedro quedó vacante como nunca antes, no por la muerte de un pontífice, sino por el final de un modo de ser Iglesia. Con el resto de su vigor espiritual, Benedicto XVI convirtió su renuncia en una suerte de grito liberador. Una instancia nueva, diferente, mayúscula, como lo eran y lo son los interrogantes de este tiempo. Dos palabras le bastaron al papa que se fue para darle a su gesto la condición de histórica bisagra. Cuando Peter Seewald, su biógrafo, le preguntó: “¿Es usted lo último de lo viejo o lo primero de lo nuevo?”, respondió: “Ambas cosas”.

Entre ese lunes del carnaval de 2013 y el 13 de marzo último, cuando esa sede dejó de estar vacante, pasaron treinta días. Esos treinta días entre esa renuncia y la elección de Jorge Mario Bergoglio han abierto una nueva época no sólo en la Iglesia. Inéditos por igual, ambos hechos son inescindibles, conforman un enorme acontecimiento, una histórica articulación entre un tiempo que se extingue y otro que asoma. Entre un modo y otro de ser Iglesia.
Con mirada de fe o aun sin ella, vivimos un momento excepcional, circunstancias sin precedente. Ésa es la calidad del tiempo de renovación que, al sobrecogernos y sacudirnos, alienta y nutre la esperanza de un cambio. Ese enorme gozne, que el gesto extraordinario de Benedicto invitaba a intuir, está hoy en pleno desarrollo. Lo que entonces podía entreverse está a plena luz desde que el nombre del Poverello de Asís se instaló en la cátedra de Pedro. Sin renuncia no había Francisco. Sólo un cimbronazo eclesial -de naturaleza similar al que provocó Juan XXIII con su convocatoria al Concilio Vaticano II- podía engendrar un programa de reforma espiritual como el que con fidelidad se insinuaba con sólo mentar el nombre elegido por el entonces cardenal de Buenos Aires en la Capilla Sixtina.

Francisco, el pobre de Asís, todo lo dice. Bastó como tarjeta de presentación y síntesis cabal de un programa de sencillez, austeridad y reparación. El principio de la transición requería estreno. En ocho siglos nadie había recurrido al nombre cuya sola pronunciación es sinónimo de fraternidad, equivalente de paz. Y, providencialmente, el pontificado de Francisco, el primer latinoamericano en la historia de la Iglesia que ocupa el timón de Pedro, estalló a nuestras puertas, en Brasil, al celebrarse la Jornada Mundial de la Juventud, y terminó estampado en La alegría del Evangelio, la primera exhortación apostólica escrita originalmente en castellano, una auténtica carta de navegación.
¿Podría haberse encontrado un mejor modo de comunicar al planeta que se vive un quiebre de épocas, que es éste un tiempo excepcional conmovedor e interpelante?

Recordar el gesto liminar de Benedicto XVI contribuye a apreciar la magnitud del cambio que se está operando, ¡que ya se ha operado! Los gestos, las actitudes, la prédica de Francisco son seguidos en todas partes con sorpresa, interés y simpatía, y las personas más impresionadas por el Papa parecen las que hasta ayer nomás estaban más alejadas o que más desconfiaban de la Iglesia.

La Iglesia que Francisco sueña y que marca el cambio de época es madre y pastora, con ministros misericordiosos que se hacen cargo de las personas, que son capaces de caldear el corazón de los otros, dialogar con ellos y descender a su noche. De volver al Evangelio, de eso se trata. Y por eso los gestos han de ser de ternura y comprensión. De tornar a la Iglesia más fiel a Jesús y de ahí el necesario, imperioso cambio de estructuras pastorales caducas que no consiguen transmitir la misericordia divina. Por ser un hombre de Dios y un pastor, Francisco comprende que el Evangelio no se presenta ni se agota en normas morales, sino por “una belleza que nos precede y nos pone en camino”, como dijo en el Angelus de epifanía hablando de los Reyes Magos.

Y con la autoridad del que dice lo que hace puede proclamar que no se ofrece un testimonio cristiano bombardeando mensajes religiosos, sino con la voluntad de entrar en diálogo con los hombres y las mujeres de hoy para entender sus expectativas, sus dudas, sus esperanzas. Un diálogo que no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas.