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José Rafael Herrera

Nubarrones sobre la Academia

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Aquel fue, sin duda, un día triste y de aciaga remembranza para la vida universitaria. Una tarde del año 1854, un claustro universitario, sometido ante el poder de una de las más crueles y barbáricas autocracias padecidas a lo largo de su historia por los venezolanos, anunciaba públicamente que el insigne filósofo y abogado, profesor y secretario de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela, don Cecilio Acosta, había sido destituido de sus funciones como catedrático “por desafección al régimen”, siguiendo para ello “instrucciones directas” del entonces presidente del país, general José Gregorio Monagas.

Cecilio Acosta, según lo ha caracterizado uno de sus biógrafos, “semejaba la anchura de una calle real”. Nada más adecuado al concepto de universidad autónoma que su vida y su obra: “Los conocimientos, como la luz –afirmaba Acosta–, esclarecen lo que abrazan, y cuando no iluminan a distancia tienen estorbos por delante”. La serena paciencia conceptual, que bien podría definir la sólida estructura de su formación académica clásica, lejos de mantenerlo distante o abstraído de los problemas fundamentales que aquejaban a la sociedad de su tiempo, lo impulsaban decididamente a asumir el compromiso de denunciar la crisis orgánica –el desgarramiento del ser y de la conciencia sociales–, de introducir hasta el fondo “el dedo en la llaga” y, a la vez, de presentar salidas viables para la resolución de dichos problemas sobre la base del conocimiento científico y humanístico. Pero nunca, como señaló Martí, “profirió ofensa alguna”.

Varón de digno talante, Acosta representa el intento de saber para construir, para constituir y hacer crecer una sociedad para la utilidad y el bien común, hasta la consolidación del reino de la autónoma vida civil. Su confrontación con el llamado “monagato” –como frecuentemente designan los historiadores al régimen oligárquico encabezado por los hermanos José Tadeo y José Gregorio Monagas, que inauguró la triste era de los “césares democráticos” en Venezuela– se produjo, justamente, como consecuencia del manifiesto desprecio de dicho régimen por el conocimiento, por su insistencia en un modo de vida barbárico, corrupto y miserable, por su persistente deseo de amordazar y someter la inteligencia y la libertad.

La historia, advierte Maquiavelo, es imprescindible para comprender en detalle no tan solo lo acontecido, lo pasado, sino, sobre todo, como referencia viva, como ejemplo que enciende las luces de alerta para no cometer viejos errores. El ascenso al poder de los Monagas cumple palmariamente con la prescripción hecha por el gran pensador de Florencia. En efecto, después de que Venezuela se separara de Colombia y de que se sancionara la nueva Constitución que preparó el terreno para que Páez ascendiera a la Presidencia, los Monagas encabezaron en las provincias orientales un nuevo pronunciamiento en favor de la reintegración de Colombia, “bajo la égida de Bolívar”. No obstante, al hacerse del dominio público el fallecimiento del Libertador, los Monagas –para entonces, las cabezas visibles del “Movimiento Bolivariano Revolucionario”– cambiaron de táctica y se decidieron a convocar “asambleas populares constituyentes” para hacerlas votar resoluciones redactadas previamente. Antes de 1830, varias poblaciones de la provincia de Caracas se habían pronunciado por la reintegración con Colombia, pero los Monagas intervinieron directamente en contra de tal decisión. La historia, decía Marx, siguiendo a Hegel, “siempre se repite dos veces”, pero –añadía– “la primera vez bajo la forma trágica. La segunda, en cambio, bajo la forma de la comicidad”. Juzgue el lector la validez que pueda tener la sentencia de Nicolás Maquiavelo, el poco conocido y por ello pocas veces apreciado autor de El príncipe.

En todo caso, la diferencia es notoria: Cecilio Acosta representa la teoría y la praxis universitaria, el consenso, la tolerancia y el debate respetuoso de las ideas, dirigido hacia la incansable y constante búsqueda de la verdad. Es, por ello mismo, la negación del despotismo militarista que dicta órdenes e impone su voluntad por la fuerza, que no razona sino que da instrucciones, habituado como está al ejercicio cuartelario del poder, sin que medie un solo “por qué”.

Las sociedades caídas en la desgracia militarista se habitúan con el tiempo a rehuir del pensamiento y a detestar la diferencia. Terminan por concebir la unidad y la paz como im-posición y sometimiento, y sus “condottieri” ejercen la violencia más cruel y barbárica cuando sus deseos no son acatados. Temen –pues muy en el fondo ocultan tras sus cañones y fusiles una despreciable cobardía– a aquello que Hegel llamara “el derecho racional que el hombre tiene a decir que no”.

De nuevo –una vez más–, la institucionalidad universitaria y el pensamiento autonómico que ella profesa están en grave riesgo. Nubarrones, cargados de la ignorancia con la que se funde el metal del odio y el resentimiento, recubren el cielo de su brillante luz, presto a la producción desinteresada del saber y a la formación de un país mejor. Otra vez, y profanando el nombre del fundador de los Estatutos Republicanos de 1826, del mismo caraqueño que la bautizara como “la casa que vence la sombra”, la tiranía, enseñoreada en su analfabetismo funcional, amenaza con su garrote vil al bastión de la civilidad. La razón es, y siempre será, irreverente e inconforme. El militarismo lo sabe bien. Por eso mismo no aspira a razones sino ladrillos. Ni pretende formar hombres de bien sino autómatas, entes carentes de espíritu crítico. Por fortuna, los universitarios no están solos. La casa tiene dolientes.

@jrherreraucv