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Elsa Cardozo

Entre Normandía y Tiananmen

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Es la mirada al almanaque, el que entre décadas y quinquenios marca las conmemoraciones significativas, la que nos ha puesto a recordar en los primeros días de junio los 70 años del “Día D” y los 45 de la masacre de la Plaza de Tiananmen.

Casi medio siglo transcurrió entre el inicio de la invasión aliada al territorio francés y la cruenta represión de multitudinarias protestas en China. Dos eventos tan dispares son ambos ilustrativos de la forma como se fueron transformando los desafíos a la libertad y los derechos humanos en el mundo.

El desembarco en las costas normandas fue una respuesta militar, ineludible, para detener al opresivo, racista y belicoso plan de expansión y dominio del nazifascismo. Tras su derrota vinieron los juicios del Tribunal Militar Internacional, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, desarrollos del Derecho Internacional Humanitario hasta llegar a la creación de un Tribunal Penal Internacional.

Después de 45 años, entre abril y junio de 1989, se produjo en China la ola de las protestas de estudiantes universitarios e intelectuales, que congregaron a miles de personas, para exigir reformas políticas y medidas contra la corrupción y el deterioro de la calidad de vida del pueblo chino. Las manifestaciones, que en los días de la visita de Gorbachev a Pekín alcanzaron excepcional difusión internacional, fueron finalmente sofocadas violentamente. La muerte de un número hasta hoy indeterminado de manifestantes –entre cientos y miles– fue seguida por arrestos, juicios, ejecuciones y extrañamientos. Luego vino la purga de miembros del gobierno y los medios de comunicación sospechosos, siquiera, de tolerancia hacia los disidentes. Se difundió al exterior la versión gubernamental de los hechos y, en adelante quedó prohibido recordatorio alguno de lo sucedido aquel 4 de junio.

En estos días, la conmemoración del desembarco en Normandía fue objeto de actos muy concurridos y publicitados, mientras que, como en todos los anteriores aniversarios de la masacre de Tiananmen, el gobierno chino mantuvo el patrullaje para impedir y disolver cualquier intento de manifestación. Se trata de algo más que de la razón de los vencedores.

En los años inmediatos a la Segunda Guerra Mundial se desarrolló el compromiso internacional de proteger los derechos humanos. La verdad es que no pasó mucho tiempo para que ese acuerdo pasara a un segundo plano, como enseguida sucedió en el mundo comunista y, lamentablemente, en las dictaduras que en nuestro vecindario hicieron de las suyas amparadas en sus lealtades anticomunistas. Precisamente hacia 1989, cuando se derrumbaba el bloque soviético y se reafirmaba en buena parte del mundo occidental el valor y aspiración de la libertad y los derechos humanos, Tiananmen se convirtió en señal y recordatorio de que la libertad y los derechos humanos –los que la voz sofocada de los propios chinos reclamaba– permanecían cercados, allí y en otros lugares, por murallas de diverso espesor.

Es una pena que así sea, pero los años transcurridos entre Normandía, Tiananmen y nuestros días parecen haber pasado en vano para unos cuantos países del mundo. Sin ir muy lejos, no faltará quien por aquí lea esta nota como la invitación de conspiradores a un desembarco.