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Ildemaro Torres

Normalidad…

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Me atrevo a afirmar que cada uno de nosotros tiene, a título personal o como miembro de una comunidad, una percepción y una valoración propias de a qué llamar “normal”, referido a la vida y a los rasgos que de facto la definen y caracterizan. Asimismo que al juzgar la conducta, las opiniones, los principios, la formación e inclinaciones de cada quien, se hacen patentes las diferencias individuales. También creemos tener aun al precio de equivocarnos, una noción de qué son educación, cultura, honestidad, sentidos de responsabilidad y solidaridad.

Pero si algo podemos decir sin duda alguna, es que acorde a un juicio racional humanamente limpio, honorable y sano, no son parte de una vida grata y digna la corrupción, la vocación delictiva, la agresividad, la criminalidad, el odio, la brutalidad, el terror, la marginalidad, el despotismo, el desamor y otras penas.

Y ¿por qué tan infausto recuento? ¿Por qué sentir como apremiante necesidad la de enumerar esas perversiones? La respuesta es: porque en la Venezuela actual, militarizada, saqueada y degradada en forma humillante, el comandante Chávez y su legión de adulantes parecen tener, como su plan de existencia, llevarnos a la condición más primaria de atraso, a la más triste reducción de todo valor ético, moral e intelectual, pretendiendo sembrarnos la idea, la costumbre, de que se trata de un nuevo y revolucionario concepto de “normalidad”.

Él echa mano de cada recurso: unos, producto de su tramposa veteranía, otros en uso de lealtades que ha mantenido por conocer el precio de cada quien, sea funcionario, oficial, doctor o magistrado. Tranquilo en su procacidad, de que no le pedimos discursos cultos ni de lucimiento de talento, nada que le implique exceder alguna limitación suya. Es evidente la miseria en que insiste en hundirnos, induciendo invasiones de tierras, edificios y empresas, sin que le importe cuánto envilece al pueblo adoptar el delito como norma social. Duele la situación del país, presidido por él que exalta la muerte haciendo de ella un emblema y una consigna; pero a quien por cobarde temeroso de un supuesto magnicidio, el menor contratiempo le genera una incontrolable alteración emocional.

Me he preguntado a qué llamamos país, buscando un marco de referencia que me ayude a comprender los fenómenos que se dan día a día y en sucesión rápida ante nuestros ojos; y se me ocurre esta eventual respuesta: Un país es un territorio, un espacio surcado de caminos, un entorno; es noción de cuna, de patria; es una suma de deberes y derechos, de goce y compromiso; es sentimiento de lo propio, orgullo de lo soberano e inviolable; es lugar para imaginar y hacer realidad una historia. Y ello pasa por la asimilación temprana de un mapa, que equivale a saber de ríos y montañas, a identificar los productos de la tierra; por llegar a tener conciencia de qué y cómo somos en lo humano, y a descubrir el sentido del yo y el nosotros; de aprender a hablar y escribir una lengua, y de ser capaces de padecer y degustar, pensar y sentir

Percibir sólo en negro puede ser una demostración de falta de objetividad y un pecado de maniqueísmo, de la misma inconsistencia de las posiciones de militantes sectarios que todo lo ponen en color y aroma de rosas; pero es algo más serio porque se trata de señalar lo que anda mal en función de corregirlo, mostrar las carencias para satisfacerlas o compensarlas, y hasta de exhibir las fantasías o los sueños con la aspiración de realizarlos; y eso antes que un espíritu de negación puede ser la expresión de una genuina preocupación por el país, que invita más a ser escuchada y atendida que a ser dejada de lado por no ser grata a los oídos de un comandante.