• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Niños

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Disponemos de un día entre todos los que hacen un año para celebrar que existen los niños aunque, en verdad, no cuentan los de la calle, los “hijos de la patria” tan celebrados por Hugo Chávez. Los niños de la calle, los huelepega, saben que la vida es dura, ¡pero no dura!

Tampoco cuentan los que mueren de hambre en algunos países africanos o los que son obligados a integrarse a grupos guerrilleros abanderados de la violencia. Sin embargo, se celebra el Día Internacional del Niño africano y el Día Internacional de los Niños víctimas inocentes de agresión mientras en Centroamérica hay niños agónicos y desplazados que tratan de llegar a la frontera nortamericana. Se dice que los niños son la “semilla” de la misma patria que los olvida descaradamente para recordarlos, a petición de las Naciones Unidas, en un día hipócrita como el de hoy, ya que no han cesado en muchas familias los castigos corporales y los niños permanecen  en latente agonía.

¡Se asegura que nunca dejamos de ser niños! Hay un momento en nuestra vida en el que el anciano (que representa al pasado) sufre un raro parpadeo y vuelve a ser niño hasta que muere. El próximo año, trataré de ser niño a ver si consigo regalos porque con el cuento de que padre puede ser cualquiera y madre solo hay una, nadie me regala en el Día del Padre y mucho menos en el de la madre.

No olvido aquella exhortación que pedía a los niños no jugar a la guerra ¡porque la guerra es mala! “¡Jugad a la paz que la paz es buena!”. ¡Me parece bien!, pero jugar a la paz, pienso yo, es agitar banderitas, hacer de Andrés Bello, el gramático, y permanecer sentaditos dibujando casitas con humo y chimeneas. Es jugar a “¡salta, pelotita, salta!”. Sin embargo, se acepta que los niños son hijos del alma. Ángeles, querubines, adornos barrocos que entran a la escuela siendo poesía y salen de ella convertidos en prosa arrastrando todas las monsergas y convencionalismos de los adultos. Al verlos crecer decimos: “¡Provoca comérselos!”. Jonathan Swift se refirió a esta apetitosa inclinación cuando escribió en 1729 una sarcástica y “Modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país”.

En Venezuela hay dos sectores de la población eternamente postergados y humillados: los niños y los ancianos. Estos, considerados como seres inútiles, mendigan sus pensiones y jubilaciones en lugares inhóspitos cuando podían recibirlos por correo; se ven igualmente obligados a dar fe de vida en instituciones públicas alejadas del itinerario de los transportes urbanos. Los que corren con mejor suerte acaban sus vidas en lúgubre ancianatos llamados eufemísticamente: “Casas de reposo”.

Recuerdo haber descrito una vez en términos cinematográficos el amoroso paseo dominical del adulto con el niño de 3 o 4 años.

¡El adulto lleva al pequeño agarrado de la mano! Cada paso suyo abarca noventa centímetros. El del niño escasamente veinte, pero el padre o la madre o la persona adulta que ha sacado al niño a pasear no se percata de tan enorme diferencia. De modo que, arrastrado de la mano, el niño no camina sino que corre. Al llegar a la esquina lo vence el cansancio, se detiene y llora. El padre lo mira en picada y el niño, al verlo en contrapicada, no reconoce al padre sino a un gigante mal humorado que le grita, lo insulta y lo hace llorar aún más. Entonces, sin poder explicarse lo que le está ocurriendo, el niño, empequeñecido por la mirada en picada, recibe la cachetada del gigante. El amoroso paseo dominical se transforma en un suplicio. Los niños viven permanentemente en él porque el mundo adulto los condena a una vida de desahucio, es decir, sin esperanza de alcanzar una existencia mejor hasta que él mismo se hace adulto para afligir al niño que le toque en suerte y llevarlo arrastrado en el paseo de los domingos por el bulevar de Sabana Grande.