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Alexis Correia

Nikita en Caracas

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Acción en Caracas (1967) se llamó una especie de parodia cinematográfica de James Bond en la que actuó el mítico galán criollo Espartaco Santoni. Nunca la vi, parece que fue un filme pésimo, aunque su título cautivó mi imaginación. “Venezuela se nos convirtió en una película de acción”, dice (con más razón que nunca en 2014) un rap del dúo Guerrilla Seca, pero pocas veces se ha cumplido el anhelo de ver ese género en la pantalla. Entre otras razones, porque es muy costoso.

Los amantes de balaceras y persecuciones de carros deben haberse gozado los primeros tres capítulos de Los secretos de Lucía, que se estrenó el pasado martes a las 10:00 pm en Venevisión Plus. El comienzo, más impactante imposible: una ambulancia pasa por la avenida Bolívar (adentro, Iván Tamayo empistolado y con acento colombiano) y luego rueda en una espectacular volcada, con chispitas y todo. Más adelante, intercambios de plomo en lo que identifiqué como la UCAB y el Mercado de Chacao, así como unos exteriores en alguna de las sucursales provinciales de la cadena hotelera Aladdin.

No me cuento entre los que deliran por los productos de crímenes y policías (me regocijo más en las convenciones de lo rosa), pero aquí cabemos todos. Y ya es suficientemente placentero reconocer lugares familiares de la ciudad como los escenarios de la odisea de una aguerrida Nikita que perdió la memoria y es objeto de la cacería de un policía corrupto.

Hasta lo que vi (llegué hasta el jueves: proseguiré en otras entregas), Los secretos de Lucía mostró un reparto minimalista, con casi todas las escenas centradas en Iván Tamayo (el villano, el teniente Harold Rincón); ese actor tan útil y adaptable, Juan Pablo Raba (el mecánico Miguel); su novia Bonny (Maritza Bustamante, lo mas gris hasta ahora) y una protagonista poco convencional en términos venezolanos, la mexicana Irán Castillo (la amnésica Lucía).

Los capítulos dos y tres se me hicieron algo repetitivos en comparación con el primero, aunque los que saben del tema sostienen que un gran arranque es fundamental en televisión. Uno de los pequeños lunares es algo que ocurre prácticamente en todos los productos de ficción nacionales: jamás los falsos noticieros de TV o titulares de periódicos se notan creíbles.

Adolfo Cubas tuvo una participación especial extraña: estamos acostumbrados a temerle como el más malo entre los malos, aunque esta vez fue mandoneado por Tamayo. Quizás se le desaprovechó al contratarlo para un papel tan de relleno. Como consumidor más habituado a las telenovelas tradicionales, he echado en falta tramas secundarias. Por allí se han asomado un melenudo Luis Gerónimo Abreu, José Luis Useche, Aroldo Betancourt y César Suárez (un negro de ojos clarísimos y físico privilegiado, aunque evidentemente no un Gustavo Rodríguez), entre otros. Parece que vendrá Mimí Lazo: ¡oh, mi Dios!

Por si queda algún lector que no lo sepa, Los secretos de Lucía, reservada para un canal de suscripción, sería prácticamente imposible de transmitir en la televisión abierta venezolana del año 2014, ni siquiera a la medianoche. Un policía corrupto y torturador no está demasiado lejos de unas autoridades que gasifican urbanizaciones completas bajo la excusa de reprimir protestas.

El debate es eterno: ¿ver a alguien accionando una pistola me convertirá inconscientemente en alguien más proclive o insensible a la violencia? Cada televidente debería tomar su propia decisión, no por intermedio de un censor de Conatel. Ha habido imágenes muy perturbadoras, como el cadáver quemado de Adolfo Cubas, agresiones a mujeres, torturas o Iván Tamayo llamando “enano del carajo” a José Luis Useche. Pero nada más agresivamente pornográfico que esos fajos de billetes de 100 dólares que escondía Lucía en su morral. Hacer salivar a un venezolano de hoy con la efigie de Benjamin Franklin es un acto de crueldad imperdonable.

En Twitter: @alexiscorreia