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Alexander Cambero

Nicolás en su laberinto…

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En la dirección del régimen reina la ambigüedad. El presidente Nicolás Maduro martiriza al país con su inagotable sesión de cadenas, cada una es más insulsa que la otra; un permanente ejercicio de cómo las palabras se hacen inútiles cuando las utiliza alguien sin el mejor criterio. Hoy asaltan todos los espacios comunicacionales para abordar un tema que mañana será rebatido por otra cadena. Es una realidad en donde la improvisación mantiene una cruenta batalla con la incapacidad, elementos funestos que lograr salvarse cuando son ocultados por los que genera nuestro petróleo.

Vemos a Nicolás Maduro como rehén de su propia ineficacia. Es como una pieza teledirigida, mientras él atraviesa los bordes de su limbo particular. No se atreve a tomar decisiones sencillamente porque los intereses que lo controlan entrarían en conflicto, prefiere vagar entre promesas que retroceden hasta el santuario de Hugo Chávez. Jamás Venezuela contó con un primer mandatario tan irresoluto. Es tan débil su liderazgo que Diosdado Cabello todas las semanas se transforma en implacable mazo para mostrarle su inmenso poder. Que en Miraflores está un gobernante de silla prestada, al cual los factores de dominio interno no acompañan de manera sincera. Todo funciona como una gran comparsa de disfraces que saben ocultar sus verdaderas intenciones e intereses.

Por eso recurre a Cuba. Fidel Castro lo recibió en días pasados en La Habana. Un repaso del mismo plan para terminar de aniquilar el poquísimo espacio democrático que nos queda y avanzar en la instauración absoluta del sistema totalitario. En la isla se están hartando de tantas vueltas y contramarchas, desean que de una vez y para siempre puedan culminar su obra. Han invertido quince años enseñándoles a cómo quebrarle el espinazo a la democracia. Con sigilo le han dado la receta de aniquilar la disidencia y cualquier experiencia de libertad. 

Seguramente Nicolás Maduro siente un respiro cuando acata al anciano sátrapa antillano, sabe que para él es mejor obedecer; entiende que construir ideas y planteamientos desde sus propios análisis jamás se le dieron bien. Así que su cárcel política es su amada Cuba. Un reclusorio ideológico en donde se impone una doctrina que tiene que cumplir ya que desde joven está comprometido hasta los huesos con el proceso cubano. Para él no existe otro camino que ser un seguro servidor de la hegemonía castrista. Barrotes revestidos de un proceso anacrónico, reclusorio de espacios reducidos en donde los aires de libertad se estrellan contra un raciocinio poco flexible y dedicado a creerse todo ese atajo de mentiras. Prisionero de sus miedos. Escasa voluntad para revelarse contra las ataduras de su alma. Su penitenciaria espiritual es peor que aquella de verdad…

alexandercambero@hotmail.com 

@alecambero