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Heinz Sonntag

Nelson Mandela ha muerto

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El jueves pasado falleció Nelson Mandela, expresidente de Suráfrica, a la edad de 95 años. Con él ha desaparecido físicamente uno de los grandes humanistas del siglo XX. Escuché por primera vez su nombre cuando finalizaba mi bachillerato. Mi padre había invitado a un hombre de negocios surafricano, desde luego un blanco, a una cena en casa. Él nos habló de lo que consideraba la mejor forma de convivencia de dos o más razas en un país: el apartheid, esto es: la dominación por la raza blanca y la sumisión de las otras razas, en su país, de la negra. Describió esta forma de organización social con muchos detalles en los que siempre los negros eran los súbditos, en el sentido que Hannah Arendt le ha dado a estos: una masa de individuos que no tienen capacidad de vivir individual y colectivamente con independencia y conciencia de sus actos sociales y políticos. Nuestro visitante contó numerosos episodios que supuestamente confirmaban su juicio sobre el apartheid. Un ejemplo fue la organización política negra CNA, encabezada por Nelson Mandela. A nuestros argumentos en contra de su posición contestaba que los negros y otras razas no habían logrado el grado de evolución hacia la civilidad que la blanca había alcanzado, y por ello no eran capaces de convivir en sociedades civilizadas. Cuando se había ido, toda nuestra familia expresó su desagrado con su posición.

Yo conté lo que había pasado esa noche a mis amigos y compañeros de clase y decidimos plantear nuestras dudas y preocupaciones al profesor de Historia, un hombre que teníamos en alta estima porque aceptaba discutir con nosotros asuntos “calientes” como, por ejemplo, los que habían acontecido durante la época nacionalsocialista, incluido el genocidio de los judíos, gitanos, homosexuales y otros “enemigos del régimen”. El profesor aceptó discutir el apartheid con nosotros y les encargó a tres compañeros hacer una pequeña investigación para que la discusión tuviera una base. Ellos presentaron unos días más tarde una ponencia sobre cómo se había configurado el apartheid. Lo discutimos y llegamos a la conclusión compartida de que esta forma de separación de las razas era inhumana.

En adelante, la historia del África negra no me dejó tranquilo. Cuando en 1972 se realizó el primer encuentro de científicos sociales africanos y latinoamericanos en Dakar/Senegal, mi interés por África se incrementó. Y como el apartheid surafricano constituía la más denigrante forma de organización de las sociedades africanas, dediqué más atención a ella. Y en este contexto reapareció el nombre de Mandela.

Sugeriría que Mandela fue el Mahatma Gandhi de África, especialmente de Suráfrica. Políticamente activo desde muy joven, se dedicó a luchar contra el apartheid. Fue encarcelado varias veces, la última durante 27 años en Robben Island frente al puerto de Kapstadt. En los ochenta y noventa del siglo pasado, académicos, políticos, hombres de negocio y otros intelectuales de la minoría blanca empezaron a comprender que el apartheid era un régimen inhumano que no tenía futuro. Este proceso fue fuertemente impulsado por el presidente Frederik Willem de Klerk, quien había comprendido que la separación tan estricta de las razas era un impedimento del desarrollo de la sociedad. Este visitó y liberó a Mandela en 1990 de su cárcel. El apartheid desapareció, el CNA fue legalizado, De Klerk y Mandela recibieron en el año 1993 el Premio Nobel de la Paz y Mandela fue elegido presidente de Suráfrica en 1994.

Termino con unas frases que pronunció Mandela al asumir la Presidencia: “Ha llegado el momento de curar las heridas. El momento de salvar los abismos que nos dividen. (…) Contraemos el compromiso de construir una sociedad en la que todos los surafricanos, tanto negros como blancos, puedan caminar con la cabeza alta, sin ningún miedo en el corazón, seguros de contar con el derecho inalienable a la dignidad humana”.