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Armando Janssens

Necesitamos los dos

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Estamos llegando a un “borderline”. Un límite de donde después no es fácil el retorno. Solo habrá confusión total, para no hablar de caos. Una situación en la cual las fuerzas oscuras del inconsciente colectivo se expresan en formas dramáticas y mayoritariamente violentas. Se sabe dónde comienza, no se sabe cuándo termina. Menos se sabe adónde conduce. Lo evidente: su resultado será de antemano parcial y guardará en su seno los pecados de su proceso. Se necesitará largo tiempo para curar las heridas y salir de este purgatorio. Basta observar la historia de los últimos siglos y de los últimos tiempos para verificar la validez de lo expresado.

No podemos permitir que lleguemos a este extremo. Tenemos demasiada herencia en común para echarla a perder en un momento de ceguera. Es el momento de detenernos, parar un rato, respirar profundamente y frotar los ojos para ver con mayor objetividad y cabeza fría; de meditar delante de Dios y de la gente.

Es el momento de tratar de controlar y de equilibrar las emociones y pasiones. El peligro es que no vivimos en una democracia sino en una “emocracia”. Las emociones nos gobiernan. Eso nos impide ver con mayor claridad al “otro”, al de la otra acera, que no es necesariamente un enemigo. Es quizás un adversario, un oponente pero no es un enemigo que debe ser eliminado. Nos cuesta muchas veces entender sus anhelos, sus maneras de ser, sus aspiraciones, sus valores. También nos cuesta comprender sus miedos y nuestros propios miedos, racionales o no. Así como también sus estereotipos y los nuestros, sus prejuicios y también los nuestros, acompañados de las “leyendas urbanas”, cotidianamente presentes.

¡Estamos claros: los dos somos necesarios! Tanto el chavismo como la llamada oposición son partes de lo que llamamos pueblo venezolano. Imaginar solamente uno de los dos dominando la totalidad de la sociedad es desconocer lo que es la vida democrática. Y frente al abismo que se anuncia en la situación económica del país, con todas sus consecuencias, no hay tiempo que perder. Ninguno de los dos bandos, por sí solo, puede solucionarlo. Necesitamos de los dos bandos para salir de esta trampa que se ha ido formando. Y esto exige hacerlo ahora mismo, lo más rápido posible.

Y no estoy hablando a partir de la subida o bajada del PIB, del dólar paralelo, de los precios del petróleo o de las reservas internacionales. Estoy hablando desde la realidad de la gente común que carga con la preocupación de su vida diaria: acceso a la comida a precios razonables, sin hacer horas de colas; seguridad diaria tan afectada por muertes y heridas. Si quieres saber más, habla con los médicos de los hospitales sobre cuánta gente se acerca con trastornos patológicos como consecuencia de lo que venimos señalando. Sueldos que no están muy por encima del sueldo mínimo y que no cubre la comida de su familia. La escasez o ausencia total de ciertos medicamentos. El transporte en autobusetas o en jeeps, frecuentemente atracados por ladrones. Una corrupción que infecta todo el cuerpo social. Cuerpos policiales que, algunas veces, dan más miedo que los mismos malandros.

Y todo eso se verá multiplicado si no logramos, lo más rápido posible, solucionar la crisis económica y social que como una nube tóxica penetra todos los estamentos. Si no hay acceso a los dólares para pagar las importaciones y los servicios, nuestro país se aislará y se verá tratado como un leproso. El desabastecimiento será mayor y las colas cada vez más largas; la desesperación colmará a la gente. Hoy en día ya tenemos, en distintas partes del país, minisaqueos que las fuerzas policiales tratan con mucha razón de detener. Si no nos ponemos de acuerdo, estos males serán mayores e indetenibles y con consecuencias materiales y humanas que lamentar. Y lo que es más grave aún: el corazón de nuestra gente infectado por la confusión, el odio y la desconfianza.

Debemos sentarnos a conversar todos estos temas y llegar a propuestas mancomunadas. La gente lo desea: “Que se pongan de acuerdo”, es la conclusión en muchas reuniones de barrio. El gobierno debe abrir el juego. Debe invitar seriamente a conversar y llegar a acuerdos. Veo algunos signos de encuentros, que hace algún tiempo no eran posibles, entre alcaldes y gobernadores, entre distintas cámaras de productores y comerciantes. Son pasitos. Pasos muy pequeños que deben crecer en intensidad hasta el más alto nivel del Estado. ¿Por qué no abrir el gobierno e incorporar gente distinta que puede aportar enfoques diferentes pero constructivos? Nadie debe perder, todos deben ganar.

No sé si será un sueño imaginar una reunión convocada por la Conferencia Episcopal y el presidente Maduro. Invitar al doctor Aveledo, de la MUD, y a Henrique Capriles más algunos invitados especiales como Eduardo Fernández, José Vicente Rangel, Eleazar Díaz Rangel, entre otros, más un par de reconocidos economistas de ambos lados. Una conversación, no sobre el pasado, sino sobre el futuro, y donde de antemano se acuerda no insultar ni chantajear. Y juntos acordar –a partir de datos bien fundamentados– qué decisiones tomar para salir de esta emboscada económica y social que nos espera a todos en la esquina. Nadie debe venderse ni achantar al otro.

Parece improbable, pero no imposible. Es posible, a pesar de todo, si se parte de la urgencia presente y de la grandeza de varios de nuestros dirigentes. Se trata de salvar el país.

Atreverse, además, a utilizar un lenguaje público menos agresivo, menos acusador. Desde los más altos niveles se insulta y humilla cuando hablan de fascistas, vendepatria y pitiyanquis, acusando a todos quienes piensan diferente a ellos. Hablando de la dignificación y la paz como valores, será necesario reflejarlas en el lenguaje oficial.

No es mucho mejor en la oposición. Igualmente se equivocan cuando ridiculizan al presidente y a los altos responsables con bromas pesadas, que van más allá del humor, tan común entre nosotros. Cuando leo muchos tweets me avergüenzo e indigno de las expresiones humillantes dirigidas al gobierno, así como de los prejuicios referentes a nuestra gente de los sectores populares, que por lejos no son incultos e ignorantes.

El tiempo nos apremia. Actuemos con sensatez y atrevimiento.

¿Grandes problemas? ¡Grandes soluciones! ¡Un gran liderazgo de ambas partes!