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Corina Yoris-Villasana

¿Necesitamos al flautista de Hamelín?

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Es frecuente en la literatura la creación de textos donde la interpretación sobre la aparición de pestes, desgracias, catástrofes suele referirse a castigos por los vicios que se han instaurado en esos ámbitos, así como también es costumbre explicarlos como fenómenos propios de la naturaleza y acomodo y reacomodo del planeta.

Bastaría echar un vistazo al Antiguo Testamento y leer el capítulo 18 del Génesis para recordar la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades pertenecientes a la Pentápolis bíblica, dadas al vicio y que fueron castigadas por el Dios de Abraham: “Yahvé  hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, destruyó estas ciudades y cuantos hombres había en ellas” (Gn 19, 27-28).

Según algunos geólogos, hace unos 4.000 años, ocurrió un terremoto de una escala superior a 6 en la escala de Richter en la parte oriental del mar Muerto, donde estaría la antigua Gomorra. El terremoto produjo consecuencias muy graves como la licuefacción en el suelo. La explicación de este fenómeno dada por geólogos es que el terreno se licua porque “hay un material poroso que se llena de agua y que estos suelos cuando se saturan se comportan como un fluido bajo la acción de las ondas sísmicas, provocando el engullimiento de las construcciones”. Sea como fuere, la destrucción de Sodoma y Gomorra se ha explicado a través de los siglos como un castigo por sus depravaciones.

Otra ciudad destruida es Ubar, mencionada en el Corán, en Las mil y una noches y en los escritos de Ptolomeo. A lo largo de los siglos se creyó que esa ciudad era producto de una fabulación; sin embargo, en los años ochenta del siglo pasado, arqueólogos de distintos países conjuntamente con la NASA lograron encontrar las ruinas de una ciudad con columnas, concordando con la descripción que se daba de Ubar. De acuerdo con los estudios realizados, la ciudad fue visitada durante 5.000 años por habitantes de Grecia, Roma y Persia. Estos estudios también arrojaron como resultado que entre los siglos IV y VI d. C., esa ciudad sucumbió bajo el agua. Ubar era un oasis y bajo ella había una descomunal caverna, lugar donde el agua se depositaba. Una de las explicaciones suministradas sobre la desaparición de Ubar está centrada justamente en ese manto freático. Se piensa que hubo un reacoplo del suelo, provocando que la ciudad fuese literalmente engullida. 

Conocidas ampliamente son las diez plagas de Egipto; constituyen un encadenamiento de desgracias que, según el Antiguo Testamento (Éxodo, capítulos 7 a 12) y la Torá, Jehová les impuso esas plagas como castigo a los egipcios con el propósito de quebrar la voluntad del faraón y hacer que este permitiera la salida de los hebreos de Egipto. Las plagas fueron, en orden, sangre, ranas, mosquitos, piojos, ganado, úlceras, granizo, langostas, tinieblas, muerte de los primogénitos. También sobre este acontecimiento hay una explicación científica que habla de un fenómeno telúrico que ocurrió en Santorini, Grecia, hacia el año 1500 a. C.

Cada una de estas desgracias ocurridas en distintas etapas de la vida humana sobre el planeta es presentada, bien como un castigo divino, bien como un cataclismo propio de la naturaleza en sus distintas épocas de acomodo y reacomodo de las placas tectónicas. Hay regiones del globo terráqueo más propensas a sufrir numerosos terremotos, tsunamis y sismos originados por la continua actividad de las placas que subyacen a su superficie.

Estos cataclismos o desgracias a veces se convierten en el leitmotiv de obras literarias; me viene a la mente, por ejemplo, El flautista de Hamelín de los Hermanos Grimm. Al norte de Alemania, la ciudad de Hamelín, bella, placentera, cruzada por un río ancho y profundo, un día se vio atacada por ¡ratas! Era tal la cantidad que llegaron, incluso, a morder niños, comer la comida de los habitantes de Hamelín; aquella apacible ciudad se volvió invivible. La comunidad fue a protestar y sus autoridades no encontraban la forma de acabar con las ratas y ¡con la protesta! De pronto, apareció un personaje muy pintoresco, que les ofreció sacar las ratas mediante el uso de su flauta. Pidió dinero y las autoridades le ofrecieron más. Cumplió el flautista su promesa y con el encanto de su flauta mágica libró a Hamelín de las ratas. ¡Pero…! Las autoridades se negaron a darle el pago acordado y el flautista tocó de manera diferente la flauta y se llevó a los niños de la ciudad. El final varía de versión a versión. Unos indican que aquellos infelices niños se ahogaron en el río Weser; otros, que el flautista los confinó en la falda de una montaña. La avaricia y el ansia de poder condujeron a Hamelín a una desgracia.

Nuestra Tierra de Gracia, surcada por caudalosos ríos, mágicos ríos, rodeada de hermosos parajes se ha visto inundada de ratas. ¿Castigo, fenómeno telúrico? Ellas son portadoras de plagas y muy dañinas; en el lenguaje coloquial llamar rata a alguien es un insulto. Las ratas, cuando se avecina un peligro, son las primeras en abandonar su lugar, tratando de evadir las posibles consecuencias de un descalabro. ¿Necesitaremos de un flautista, eso sí, pagándole su recompensa, para que saque a las ratas de nuestra Tierra de Gracia, o ellas mismas correrán despavoridas al constatar que su barco se está hundiendo?