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Miguel Ángel Cardozo

Necesarios reconocimientos… y algo más

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No hay deber más necesario que el de dar las gracias. (Marco Tulio Cicerón)

 

 

Hoy, en Venezuela, la ingratitud parece ser moneda corriente, sobre todo en lo que a aportes y sacrificios por la patria se refiere, por lo que no quiero desaprovechar la proximidad de la celebración de la Navidad para agradecer –a título personal, dado que no soy de los que incurre en la indelicadeza y en el irrespeto que implica el hablar por los demás– el bien que en este annus horribilis emergió en medio de una densa oscuridad, tanto por las valiosas obras y heroicas actuaciones de dignos hijos de esta tierra que, a través de su ejemplo, han enseñado lo que significa ser un buen patriota, como por la generosidad y elevación de espíritu de quienes, sin mezquindades y reprobables condicionamientos, han brindado a otros oportunidades y espacios para el crecimiento personal y profesional.

Por supuesto, la lista es –en extremo– extensa, por lo que valga en algunos casos la generalización para evitar inexcusables omisiones y acepte el muy apreciado lector una anticipada disculpa si la mencionada lista no resulta exhaustiva.

Dicho esto, quiero iniciar expresando mi mayor gratitud –además de mi profunda admiración– a los jóvenes campeones de la libertad que, sin dudarlo un solo segundo, arrojaron un resplandeciente guante de decencia y probidad al abominable rostro de la tiranía; un valiente acto para el que los encomios no alcanzan si se considera que no tuvo su origen en cálculos egoístas y que como vil respuesta obtuvo la imperdonable siega de la vida de inestimables venezolanos y el encarcelamiento y tortura de muchos más.

Son por ello esos jóvenes merecedores del más sentido reconocimiento y lo son además porque lograron lo que otros no pudieron en los desventurados años previos: el desenmascaramiento, a la vista de la nación y del mundo, de quienes en la historia de las peores bajezas y crímenes tienen ya un protagónico lugar asegurado.

Son también acreedores de un infinito agradecimiento los valerosos defensores de los derechos humanos en el país –como, por ejemplo, los miembros del Foro Penal Venezolano, los de Provea o los del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello–, ya que incansablemente se han dedicado a la nada fácil tarea de interponerse entre las víctimas de la persecución llevada a cabo por un régimen de orientación neototalitaria y los dislates jurídicos en cuya masiva producción se han especializado no pocos funcionarios de un sistema de “justicia” devenido avieso tinglado al servicio de una nefanda oligarquía.

Ese agradecimiento va del mismo modo dirigido a quienes se han constituido en una suerte de baluarte de la libertad de expresión en Venezuela, pero de manera muy particular a una gran familia que, liderada por un caballero a carta cabal y un equipo de profesionales de primera línea, no ceja en su empeño de impedir, mediante las diarias ediciones impresas y digitales de una de las publicaciones periódicas más prestigiosas del país –El Nacional–, que sus compatriotas sean arbitrariamente sumidos en el negro –o más bien rojo– abismo de la desinformación.

Y quiero detenerme un instante aquí para dar además mil gracias a esa noble familia por proporcionarme cada semana un espacio de gran significación para mí, por cuanto me permite compartir con millones de personas mis puntos de vista, conocimientos y experiencias.

En especial, agradezco a la siempre amable doctora Ana María Matute, a la excelente editora Flor Cortez y a todo el equipo encargado de las páginas de opinión de El Nacional, por la cortesía y la paciencia que conmigo han tenido desde el mismo momento en el que –hace nueve meses– empecé a colaborar con este diario.

Por otra parte, no puedo dejar de manifestar mi gratitud por la importante y hermosa labor de quienes hacen de la música una inagotable fuente de riqueza espiritual de la que cientos de miles de niños y jóvenes venezolanos –mi Fabiola incluida– se nutren cada día, contribuyendo así a un desarrollo integral individual que, en un futuro no muy lejano, podría ser uno de los factores clave para la consecución de un verdadero desarrollo nacional, máxime por los valores que en ellos y en su entorno afianza esa transformadora experiencia.

Bien lo señaló el maestro Antonio Mayorca, director del Núcleo San Antonio del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela –el más destacado de la región constituida por la Gran Caracas y los Altos Mirandinos, de acuerdo con las evaluaciones realizadas por el propio Sistema y con las que ha llevado a cabo el Banco Interamericano de Desarrollo (Mayorca dixit)–, al afirmar –palabras más, palabras menos–, en el magnífico acto de fin de año protagonizado en días pasados por los talentosos niños del Programa de Iniciación Orquestal de dicho núcleo, que lo que se viene haciendo en El Sistema desde hace cuarenta años no es una mera enseñanza-aprendizaje de ejecución instrumental y canto, sino una formación para el logro de una vida plena, tras lo que, en mi opinión, subyace precisamente la creación de capacidades transformadoras y, por tanto, emancipadoras.

Sea lo que fuere, ese humilde reconocimiento es para el maestro José Antonio Abreu y para todos los directores y profesores –muchos de ellos jóvenes formados en el mismo Sistema, como los que hoy guían a Fabiola en su fructífero aprendizaje– que con esfuerzo, esmero y un inmenso amor han consolidado una obra en constante expansión y con un impacto global.

Finalmente, quiero agradecer a los científicos, educadores, profesionales de la salud, obreros, artistas, deportistas y, en definitiva, a todo el que ha tomado la firme decisión de no prostituir su actividad laboral ni renunciar a los principios y valores transmitidos en el país, de generación en generación, con clara conciencia de lo que como legado constituyen –esto es, lo mejor de la venezolanidad–.

Y hablando de principios y valores

¿Puede llegar el caradurismo a extremos tales que la regla pase a ser la mofa que haga el perverso criminal de sus víctimas al exigirles que lo defiendan ante sus acusadores?

Ya nada parece sorprender en estos tiempos de devaluación –y no hablo de la monetaria–.

 

 

@MiguelCardozoM