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Raúl Fuentes

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“Venezuela pierde 35 millones de horas-hombre a la semana en colas para adquirir alimentos”. Tal cálculo, suministrado al voleo por un señor, apostado desde quién sabe cuándo en las afueras de un supermercado, que aseguraba haberlo leído en Internet, es  más bien conservador: a 4 millones de ciudadanos les son confiscadas al menos 3 horas diarias de sus existencias. Saque usted la cuenta. Y es impúdica la tesis, defendida por Jacqueline Farías, que postula regocijo y no amargura en ese despelotado culebreo cotidiano. No, no  la pasamos bomba en las colas, pero algo aprendemos, pues funcionan como cajas de resonancia que modulan pareceres y amplifican descontentos a los que debieran prestar oídos quienes se insinúan como alternativa al fracaso rojo. 

“Esa marisabihonda  habla más huevonadas que el libro Mantilla”. Esta menudencia se la oí a un exasperado colista que quiso refutar el dislate de la hidráulica funcionaria. La antonomástica alusión a la futilidad de ese libro es, empero, infundada, pues la  popular selección de moralizantes lecturas, compendiada por el educador cubano Luis Felipe Mantilla y editada en Nueva York por Ivisson, Blakeman, Taylor & Co. en 1865, alumbró el entendimiento del parvulario hispanoamericano a lo largo de casi un siglo. De la tercera edición (datada en 1872), “corregida y notablemente mejorada”, según se lee en la portada, guardo un ejemplar exhumado de la Gran Papelería del Mundo por su curador, Caupolicán Ovalles, quien me la obsequió debidamente dedicada, no sin antes contarme una sórdida historia que entonces conjeturé apócrifa, pero no inverosímil; hoy sé que tiene visos de autenticidad, a pesar de las equívocas identidades.

Refería el poeta de Copa de huesos que José Martí se había amancebado con la mujer del ya senecto pedagogo y que, para sacudirse el ratón moral, habría elaborado la obra mencionada. ¡Falso! Mas no tanto como la relación adúltera que se le endosó –rumores y habladurías de emigrados– con una  venezolana, casada con un cubano postrado en silla de ruedas, apellidado Mantilla –quizá familiar del maestro–, con quien manejaba una pensión neoyorquina en la que vivió el autor de los Versos sencillos. Como “prueba” de ese amorío hay cartas –que  se pueden consultar en la Biblioteca Smathers de la Universidad de Florida– y el actor César Romero (el Guasón de Batman) aseveraba descender de esa ilícita unión que lo emparentaba con el héroe antillano.

En este punto, el anecdotario y el comadreo amenazan con robarse el espacio y, si nos dejan, la página completa, por lo que, sin más hemos de dejar claro que debemos este artículo a un proverbio árabe encontrado por casualidad entre aforismos y apotegmas recogidos en el libro de marras y que reza así: “El necio se conoce por seis cosas: en encolerizarse sin motivo, en hablar sin provecho, en cambiar sin razón para ello; en preguntar sin objeto, en fiarse de un extraño y en no saber distinguir los amigos de los enemigos”.

De haber empezado por acá, prescindiendo del origen de la máxima, podría el lector inferir que ensayábamos una sucinta semblanza de quien es apenas  un recuerdo y que sus panegiristas vindican inmarcesible para hacer política de ultratumba –“Nada más natural y más simple que creer que el hombre muerto no es nada; nada más extravagante que creer que el hombre muerto vive aún”, sentenciaba el divino Marqués acaso con la placentera crueldad que le achacan quienes se apropiaron de su nombre para adjetivar perversas prácticas de subordinación no necesariamente erótica (el nicochavismo se ensaña contra la población con diversas variantes de sadismo político y económico)–; sin embargo, de habernos ahorrado el exordio, nuestras palabras solo hubiesen agregado más de lo mismo al inventario de críticas al oficialismo porque, enumerando los atributos del necio, no sabríamos repartirlos con equidad entre el niño que es llorón y buscapleitos o el fantasma que lo pellizca cada vez que pisa el Cuartel de la Montaña. Todos recordamos las rabietas del comandante y, a diario, tenemos que calarnos las pataletas del legatario; y en eso de hablar sin provecho, nadie le gana a Chávez, pero su edición disminuida proyección puede acreditarse un accésit; en lo concerniente a cambiar de postura sin razón aparente y preguntar cuando no viene al caso, basta con revisar grabaciones de Aló, Presidente y En contacto con Maduro para corroborar el abuso de esas malas mañas; y, en cuanto a confiar en desconocidos y confundir amigos con enemigos, el listado de estos pelones de bola es tan exhaustivo que aquí no tiene cabida. En fin: hemos sido gobernados por necios que quieren tratarnos como sus iguales; por eso intentan idiotizarnos con una sobredosis de patriotismo y otras vilezas que presumen más rentable que el hiperdevaluado bolívar. ¡Qué necedad!