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Antonio López Ortega

Nativitate

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Asombra descubrir en la literatura folklórica venezolana nociones que podríamos asociar con valores democráticos modernos: participación, solidaridad o sentido de pertenencia. No es invento de escudriñadores de oficio sino el pálpito vivo de una conformación cultural. Nuestro calendario de fiestas tradicionales, desde la Cruz de Mayo hasta la Navidad, aunque con ligeras variantes, responde al patrón festivo de Occidente, todo muy teñido siempre de religiosidad. Venerar la cruz en mayo, arrodillarse como diablo danzante frente al templo religioso en Corpus Cristi o entonar villancicos al Niño Dios en diciembre son rituales que se repiten en nuestra geografía por casi quinientos años. Esa literatura es rica en asociaciones, en motivos, en imaginería y también en poesía: “Agua que corriendo vas/ por el campo florido;/ dame razón de mi ser/ ¡mira que se me ha perdido!”. ¿No contiene esta cuarteta de canto de lavanderas descubierta por Juan Pablo Sojo en 1921 una profunda cavilación filosófica? De estos asombros y más está compuesta nuestra rica tradición cultural.

Es de suponer que el caleidoscopio de creencias, hábitos o ritos hace tiempo abandonó la estricta esfera religiosa y se convirtió en hechos o valores sociales. Hay fiestas que congregan, hay vírgenes que nos convierten en peregrinos, hay cantos que sólo pueden ser corales, pero también hay fechas que nos llevan a reunirnos con nuestros semejantes, a ser solidarios con los que poco tienen, a pensar en los enfermos o desvalidos. Nadie se sienta en una mesa opulenta sin pensar en quien ni siquiera tiene mesa. Cuando ponemos flores en una cruz festejamos la renovación de vida que es toda primavera, cuando quemamos a Judas queremos espantar los males, cuando un hombre se viste de pastorcilla celebramos que la alteridad se integre a toda costa. Por eso en Navidad, que deriva del latín Nativitate, sinónimo esencial del nacimiento de la vida, nuestra tradición mira también hacia los otros, hacia quienes apenas celebran, y procura acercarle el pan que no tienen o la consideración que se les niega.

Esta Navidad 2014 que las circunstancias han convertido en una estampa completamente ajena al reencuentro y la reconciliación, es momento propicio para pensar en las madres que no tendrán a sus hijos en la mesa, en los estudiantes que han sufrido tortura, en las familias que han perdido a sus miembros, en los enfermos que no encuentran cura, en las víctimas que la delincuencia convierte en cadáveres, en los humildes que siguen siendo humildes, en los niños que no recibirán ningún regalo, en los alcaldes que mantienen presos sin juicio, en los dirigentes que persiguen y encarcelan por motivos estrictamente políticos.

La Navidad que deberíamos imaginar es la de la estrechez: sin ritos, sin manjares, sin abrazos, sin disculpas, sin concordia. Una tradición que se invierte para convertirse en hogares quebrados, en familias huérfanas, en presidios injustificados, en decesos imperdonables, en cadáveres anónimos, en hospitales sin rostro o en cementerios silentes. Esa es la cosecha nefasta que, en plena Nativitate, atenta contra el milagro de la vida. 

 

 

 

         Antonio López Ortega