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Juan Esteban Constaín

Natalia y todos

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El presidente Alfonso López Pumarejo, uno de los mejores que ha tenido este país –acá que casi siempre sacamos la balota negra–, decía que los colombianos nos caracterizamos por unos gestos rarísimos y absurdos: irnos de una fiesta cuando está buena, por ejemplo, con la idea de que en alguna parte debe haber otra mejor. Responder una cosa cuando nos preguntan otra, por ejemplo, y vivir preocupadísimos por asuntos que nada tienen que ver con nosotros.

Y sobre todo creer que una buena forma, a veces la única, de solucionar nuestros problemas consiste en crear unos nuevos que antes no teníamos, o invocar otros de otro tipo, distintos, para no resolver ninguno. Y perdón por los infinitivos: trasladar y retorcer y confundir, de manera compulsiva, la comprensión y el análisis de nuestros males y desgracias, para luego agravarlos con enfrentamientos y debates que hacen que se nos olvide lo importante y lo esencial, incluso lo que nos hizo enfrentarnos.

Hace ocho días, como ya lo sabe con horror todo el país, Natalia Ponce de León fue víctima del peor ataque que pueda sufrir alguien en cualquier sociedad, aun en una que ni siquiera lo es de verdad, que no merece ese nombre. Un criminal fue hasta su casa, preguntó por ella con engaños, y la bañó en ácido, causándole quemaduras en más del 30 por ciento de la cara y del cuerpo. Por suerte no perdió órganos delicadísimos que al principio parecían estar comprometidos.

Una tragedia sin atenuantes que de inmediato, con toda la razón, convocó la solidaridad de muchos: de los amigos de Natalia, de quienes no la conocían, de los medios, de famosos, de políticos, de periodistas, hasta de la Primera Dama. Una tragedia que se le atraviesa en la vida a una mujer admirable que no hace más que trabajar todo el día y ayudar a su mamá enferma. Lo digo porque las conozco y las aprecio mucho, a ambas, y no se merecen algo así. Ni ellas ni nadie.

Pero ya ayer en las llamadas “redes sociales” había algunos que opinaban, como suelen hacerlo en casos parecidos al de Natalia, que el suyo había tenido el impacto que tuvo solo por razones socioeconómicas: porque ella es “una niña de clase alta”, decían unos; porque es “una niña con plata y apellidos”, decían otros, que no saben de lo que hablan. Como si no fuera suficiente el drama que esa familia está viviendo, hubo quienes salieron a interpretarlo, tan listos, tan agudos siempre, tan rápidos, desde la lucha de clases.

Con el argumento de que mucha gente en Colombia es objeto de ataques infames de todo tipo, y que solo cuando la víctima es de ‘buena familia’ hay solidaridad y reacciones indignadas. Lo primero es así, sin duda, y es allí donde debería estar la discusión de fondo: nadie tiene por qué sufrir ninguna forma de violencia, nadie. Ni Gloria Piamba ni Natalia Ponce ni Nelson Vargas, tres de los muchos quemados con ácido aquí en los últimos años. Pero lo segundo no debería serlo, no puede serlo más.

Porque cada una de esas tragedias –una por una– es una tragedia absoluta que solo merece justicia y solidaridad y repudio, sin que importen nada más que el hecho brutal que las define a todas y el castigo que ese hecho se merece. Jerarquizar o matizar esas tragedias, darles un valor moral en un sentido o en otro con criterios de clase, volverlas un botín de nuestras opiniones de corrillo, implica también deslegitimarlas. Obviar de manera perversa su dolor y su significado, el de cada una de ellas.

Desde aquí le mando mi solidaridad a Natalia, porque no hay ácido que pueda doblegar su alma. A ella y a todas y a todos (sí) los que han sido víctimas de la misma infamia.

Y que ojalá esta sirva, aunque no lo creo, qué horror, para que aquí no se repita nunca más ninguna. En ningún lugar, en nadie.