• Caracas (Venezuela)

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Miguel Ángel Cardozo

Narcótica evasión

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La acelerada dinámica de la crisis venezolana impide desarrollar consistentemente una línea temática específica, por lo que las contribuciones enviadas en un determinado momento a importantes publicaciones como esta, al siguiente parecen carecer de sentido o de pertinencia por los inesperados giros de los acontecimientos.

En todo caso, los frecuentes análisis críticos sobre el problema, indistintamente del ángulo que de este se escoja, suelen referirse –y no precisamente de manera tangencial– a las actuaciones de los dos grandes protagonistas –o más bien antagonistas– de esta historia: un cada vez mayor sector de la sociedad civil con un urgente deseo de libertad y un gobierno con todas sus represivas estructuras de poder –y no pocos colaboradores nacionales e internacionales–, que ya sin ambages y harto de justificar sus apetencias, ha decidido “saltar la talanquera” de las formas políticas y jurídicas para hacer una suerte de “caída y mesa limpia” en el país, jugándose –ahora sí– el todo por el todo.

Indudablemente, esto podría constituir un reduccionismo no acorde con la enorme complejidad de la Venezuela contemporánea, aunque dadas las circunstancias, es un valioso recurso discursivo que ayuda a dimensionar y entender la gravedad del problema.

Haciendo a un lado esta última consideración, queda claro que por más que la realidad descrita golpee al rostro a toda la sociedad, muchos insisten en aferrarse –de una manera que ya raya en lo irracional– a la opiácea idea de que esta crisis es otro de los tantos desacuerdos que en el pasado fueron sorteados con un hábil ejercicio de prestidigitación, que por repetitivo arrasó con las ilusiones de quienes esperaban un maná mesiánicamente dispensado.

Se narcotizan así aquellos que por múltiples razones –posiblemente todas anidadas en el temor–, no se atreven a mirar de frente la verdadera faz del engaño, desnudo como aquel emperador de la infancia que por impenitente soberbia y desmedida vanidad se precipitó ciegamente a su propia vergüenza.

Por supuesto que a diferencia de los cuentos, carentes de una rica gama de colores, en la realidad existe una diversidad de actores que no actúan de manera homogénea como compactos bloques movidos por primigenias fuerzas dualistas –lo que es sano para cualquier sociedad que pretenda impulsarse desde los naturales contrastes–, pero en la Venezuela en crisis parece prevalecer una heterogeneidad caótica en uno de sus sectores, en el que no se acaba de entender que en situaciones límite, como la actual, hay que trabajar con denuedo en pro de apartar las diferencias, refrenando egos y haciendo a un lado mezquinas rivalidades, para seleccionar así un curso de acción coherente que permita –a una ya declarada mayoría– poner punto final a esta larga historia de reiterados oprobios y dolorosa destrucción.

Entre debates académicos y discusiones llanas, una miríada de respetables pero dubitativos ciudadanos no termina de tomar el hilo que la frecuentemente subestimada juventud venezolana le está dejando a la vista para salir del intrincado laberinto en que se encuentra atrapada; el hilo de la paz que no se deja confundir con el asentimiento acomodadizo a propuestas que enmascaran perversas fórmulas neototalitarias –que sería incorrecto caracterizar o analizar a la luz de teorías y modelos clásicos–.

Esa inoportuna omisión de una parte de la oposición del país, adormecida por el efecto de sus tranquilizadoras certezas, amenaza con allanar el camino a la imposición a sangre y fuego de una especie de tergiversada pax romana, en la que prospere una dinastía de tropicales césares con absoluto control de un depauperado pueblo.