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Alberto Barrera Tyszka

Nalga de elefante

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Sentado detrás de su escritorio, el viceministro sectorial principal, encargado de la subcomisión principal sectorial de desarrollo y seguimiento de la soberanía alimentaria, ofreció una rueda de prensa. Seriamente anunció que a partir del martes que viene se venderá carne de elefante en toda la red de distribución de mercados del país. Se trata de un convenio comercial con Cuba, donde desde hace tiempo se cría esta novedosa forma de ganadería. Según el funcionario, ya se está imprimiendo un folleto que explica los tres tipos de cortes de esta carne: trompa, tripa y nalga, dejando la oreja como un filete especial, de otra calidad, cuyo valor sobrepasará el precio justo regulado. En la ronda de preguntas, un corresponsal extranjero quiso saber si el gobierno contemplaba la posibilidad de importar también el cuero procesado, conocido popularmente como “chicharroncito Dumbo”. El viceministro dijo que sí.

La danza del blablablá. Podrían decir cualquier cosa y ya nadie se asombraría. Uno de los problemas centrales del madurismo es que ha despilfarrado de manera grosera el lenguaje. La devaluación del discurso oficial es aún peor que la devaluación de la moneda. Chávez les legó una crisis económica descomunal, pero a cambio les dejó un capital verbal poderoso, abundante. En un año, lo han malbaratado. Ahora sus palabras también están en quiebra.

El 20 de marzo de 2013, José Vicente Rangel afirmó acertadamente que “el arma más poderosa de Chávez no fueron los tanques, ni los 120.000 soldados de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, ni la milicia, sino su palabra”. En un año, Maduro ha invertido de manera radical esa ecuación. Su gobierno ha necesitado, incluso, legitimar la represión a través del TSJ. Para cualquier venezolano, la calle también es una conferencia de paz, la calle también es una mesa de diálogo. Y seguimos oyendo sus balas.

El problema con el discurso oficial es que cada vez importa menos lo que diga. Casi siempre suena igual. Maduro puede declararle la guerra a Panamá o decirnos que habla en cuti con un arrendajo: da lo mismo. Puede denunciar un magnicidio o cantar Hare Krishna a capela: no importa. Muy rápido se gastó todos los giros, las sorpresas, todos los trucos de coherencia. Cuando dice que el asesinato de Eliécer Otaiza fue planificado en Miami solo reitera lo que ha dicho otras veces, con respecto a otros casos, sin presentar nunca una prueba. Cuando denuncia la “inflación inducida” es inevitable recordar el “cáncer inoculado”, sobre el que también prometió investigaciones y evidencias… Maduro todavía no ha comprendido que las cadenas no son buenas en sí mismas. Sin un discurso eficaz, pueden ser una forma de suicidio.

Escribo estas líneas un viernes en que nuevamente han ofrecido demostrar que hay un feroz y coordinado intento de golpe de Estado. Ojalá hablen de los funcionarios del Sebin que dispararon el 12-F. Ojalá presenten al alto dirigente de oposición que quería asesinar a Leopoldo López. Ojalá muestren a los ocho terroristas buscados por la Interpol que supuestamente detuvieron en la plaza Altamira… Ojalá nos den con una piedra en los oídos.

En la Gaceta Oficial del miércoles 30 de abril se anuncia un decreto presidencial que le cambia el nombre al Ministerio del Poder Popular para el Trabajo y Seguridad Social. A partir de ahora se llamará Ministerio del Poder Popular para el Proceso Social del Trabajo. En medio de una “guerra económica”, bajo un ataque sostenido del terrorismo internacional, luce más que sorprendente la dedicación a este matiz semántico. Pero más asombrosa aún es la explicación: el cambio de nombre, asegura el viceministro Ovalles, “encierra un debate de años de la clase trabajadora por entender que el proceso de trabajo no es un acto egoísta individual”. Es otra audaz acción revolucionaria que nos llevará más rápido al socialismo.

La danza del blablablá. Dicen cualquier cosa. La revolución es un mareo en el lenguaje. Patria. Independencia. Nalga de elefante.