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Beatriz de Majo

Nació muerto

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No puedo gastar el escaso espacio de esta columna para alabar las virtudes del acto de dialogar. Los países que se animaron a acompañar a Venezuela en este ejercicio deben haberle apostado a lo mismo: a la necesidad imperiosa de buscarle una salida a una nación que se desangra, que se desbarata en pedazos, que tiene su futuro y el de sus nacionales destruido.

Las escasas semanas que han transcurrido han sido suficientes para poner de bulto lo estéril del esfuerzo, lo inútil de dedicarle tiempo, atención y voluntad a un proyecto que antes de ser parido ya estaba muerto. 

Lo que para los venezolanos era una intuición nacida de tres lustros de demostraciones de avasallamiento y de intolerancia, de insultos y de exclusión de la “otra” mitad del país, ahora se está tornando evidente ante  los ojos de quienes desde afuera observan nuestra realidad con preocupación y ante quienes tuvieron la buena fe de invertirse personalmente en tratar de hacerlo funcionar. Para estas horas ya tiene que ser claro para ellos - los emisarios de Colombia, Brasil y Ecuador-  los propósitos del gobierno que no son otros que los de perpetuar su manejo omnímodo del poder sin consideración alguna en cuanto al respeto de las ideas y los derechos de la contraparte,  además de su inexistente voluntad de corregir el rumbo de las políticas que llevado al país a la actual  crisis.

Para estas horas ya deben haber entendido los cancilleres Ricardo Patiño, Luis Alberto  Figueiredo y María Ángela Holguin, así como el representante del Vaticano, que a los estudiantes les ha asistido la razón cuando se han negado a formar parte de esa perversa maniobra de distracción, de ese circo montado por la inteligencia cubana con la sumisa aquiescencia de la agotada revolución heredada por el madurismo.

La guinda de la torta ha sido la aberrante decisión del TSJ de impedir cualquier expresión de disidencia que intente manifestarse públicamente, al convertir al descontento opositor en delitos susceptibles de persecución legal. Tal imposición del silencio fraguada desde la máxima autoridad judicial constituye el más abyecto despropósito y la más evidente demostración de totalitarismo que es la regla en un gobierno que ante la comunidad internacional se ufana de abrir la puerta al diálogo.  

Ante la mirada atónita de los acompañantes externos de ese falaz proceso de conciliación de intereses, el lenguaje presidencial – quien debería dictar la tónica del entendimiento- se ha tornado el más cáustico con sus contrapartes y descalificador de sus interlocutores,  al tiempo que no deja de reiterar que quienes allí se sientan no pueden esperar rectificación alguna en el accionar oficial. 

El gobierno está desnudo frente al país pero cada día se desnuda más ante los países que han querido prestar sus buenos oficios para sacarnos del camino al despeñadero. Hoy deben estos estar lamentando acompañar a Venezuela en la construcción de un futuro que, por esta vía, simplemente  no va a llegar.