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Nelson Rivera

Libros: Julien Gracq

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La sensación de que parte de la nuez se me ha escapado. Algo primordial, el secreto que hace fascinante este surtido de prosas, que no alcancé a descifrar. Como si, al aproximarse al punto de atracción, esa irradiación saltara al texto siguiente. Y así uno va detrás. Porque quizás ese es el lugar inconfesable que Julien Gracq (1910-2007) prefiere para sus lectores: que le sigan, pero a condición de permanecer intocado. Que nadie pueda sujetarle, mucho menos palpar su magia. Y así, adelantado, con los rezagos a su espalda, escribe Gracq sus ingenios de breve formato. Ensaya sus elucubraciones y audacias.

Capitulares (Editorial Días Contados, España, 2012) es una sucesión de ensayos brevísimos (“En la caza de la palabra exacta, estas dos razas: la raza de los pajareros y la de los batidores: Rimbaud y Mallarmé. El porcentaje de éxito de estos es siempre mayor, pueden tener un rendimiento incomparable, pero no vuelven con piezas vivas”); provocaciones de inesperados argumentos (“El teatro contemporáneo, arte híbrido que pertenece, por un lado, a la literatura, por la solidez que hay en él; y por el otro a la alta costura, por esa tendencia que tiene a ajarse velozmente mientras lo miras”); afiladas viñetas sobre la política o sobre algunos autores (“Después del informe Jruschov, un sector entero, y no el menor, de la literatura francesa de los últimos treinta años se ha convertido en un cajón lleno de cartas de amor marchitas”); reinvenciones del paisaje (“Córcega: el aroma del ‘maquis’, del monte bajo, te sale al encuentro antes de entrar en el puerto de Ajaccio y ya no te abandona: al abrir la maleta, a la vuelta, lo vuelvo a encontrar en la ropa que hay dentro. Es un aroma seco, cálido, resinoso, pero por encima de esa espiración de pinar recalentado…”); evocaciones que desembocan en la nostalgia o la ironía, textos de sutileza y hondura, al límite de lo inclasificable (Vitam non impendere amori. Y, no obstante, llegará el día en que me levante con la mente libre y llena de repente del rumor de mil cosas e, igual que llega la primavera de una hermosa mañana, habrá sucedido algo extraño: ya habré dejado de quererla”).

He abusado aquí de las citas: en cada una pueden encontrarse las pistas de la mente crítica; de un ver distinto; de ideas que son imágenes e imágenes que son ideas. Hay un desencanto Gracq: una sensibilidad que reacciona contra el falso postulado, que se da media vuelta ante la discusión vana. Que llega a las cosas como a través de una puerta secreta, inesperada. Pero también hay un Gracq paseante, un Gracq reinventor del paisaje de Bretaña, pero también un Gracq que detesta Lyon: “No será nunca para mí más que un sueño entre dos trenes”.