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Nelson Rivera

Libros: J. M. Coetzee

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No sé si me gustó o no. Tampoco entiendo bien el modo en que ocurrieron las cosas, cuyo resultado fue que no abandoné su lectura. Creo que me quedé hasta el final a la espera de que, desde alguna ventana, se prendiera una luz inesperada, que me dijera algo más de la historia de Simón y David. Aun cuando pude seguir el nítido relato (quiero decir, no me extravié nunca), por momentos temo no haber entrado en su poética. Haber leído de forma literal lo que era una alegoría o una parábola novelada. O quizás yo haya hecho el recorrido con la atención puesta en las entrelíneas (por ejemplo, esperaba que el nombre de “Jesús” se cargara de alguna significación, pero si ello ocurrió, no me percaté), cuando es posible que La infancia de Jesús (Editorial Random House Mondadori, España, 2013) carezca de secretos. Que sea una novela sin cuarta dimensión.

Las cuarenta o cincuenta primeras páginas corroen: un niño al que le han asignado el nombre de David, en compañía de un hombre al que han llamado Simón, han desembarcado en un lugar en el que deberán iniciar una nueva vida. La premisa: han de olvidar su vida pasada. El nuevo mundo es de procedimientos. El apogeo del orden. El arrinconamiento de todas las formas de lo no racional: como si la condición humana pudiese prescindir de la intuición, las pasiones, el deseo, el vínculo con la memoria (una funcionaria le dice a Simón: “La mayor parte de la gente, cuando llega aquí, ha perdido interés por sus antiguos afectos”). Como si se tratase de una reacción a la biopolítica, hay en esta primera parte de La infancia de Jesús algo que se revuelve ante la figura del refugiado, ante la brutal taxonomía que el administrador hace de los impulsos del ser humano. El lugar al que llegan, todo está acotado, convertido en fórmulas.

Simón, que ha conocido a David en el barco que los trajo desde una vida pasada a esta nueva vida, se ha impuesto una especie de noble misión: buscarle su madre perdida, lo que llama “su madre natural”. Esa búsqueda, sus incidencias y derivaciones, constituye la cuestión vertebral del relato. En tanto que en David hay algo excepcional, las cosas se complican. No alcanza a ser una novela de peripecias, porque cierta mesura, el uso de procedimientos que tienen por objetivo “enfriar” la narración, son recurrentes.

Lo que me deja un tanto perplejo de este Coetzee distinto, un Coetzee pasado por agua, es su insistencia en escenificar diálogos insípidos entre Simón y el niño, Simón y su amiga Elena, Simón y los amigos nuevos que ha conseguido en el trabajo. No sabría decir si se trata de un modo extremo de burlarse del pensamiento corriente, de la bobería irremediable que hay en cierta bondad, o se trata de una novela fallida de un gran escritor.