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Antonio Pasquali

¿Música clásica? ¡Exprópiese!

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El 14 de octubre pasado, con la opaca defunción de la emisora 97,7, desapareció de la radio venezolana la música clásica. Relativamente hablando, la pérdida no fue grande; su último propietario ya la había convertido en emisora omnibus con media hora matutina de clásica, uno que otro intermedio de relleno y mucho “parlamento” en el que sin embargo descollaban programas como Los Pasos Perdidos de E. Pino y J. Bello, “il salotto buono” de la radio venezolana con cultísimas selecciones sonoras de Jaime Bello. Históricamente hablando, es un caso más de desertificación en el Sahara cultural chavista. Inaugurada en enero de 1975 por memorandos amantes de la buena música, Humberto Peñaloza, Raúl Arreaza, Pedro Elías Graffe y otros, quienes por misterio de la divina Providencia lograron una concesión FM que se iba a llamar “Radio Monte Ávila” (fue la única FM en el país durante diez años, con la feroz oposición de la Cámara de la Industria de la Radiotelevisión que mantuvo congelada a Venezuela en AM  durante dos lustros más), la 97,7, bajo la teutónica férula de Alfredo Gerbes, creó  gusto y pasión por la música elevada. Apenas cubría el área capitalina y algunas zonas de oriente gracias a un puente de microondas concedido por la CVG de Leopoldo Sucre. Situación culturalmente deficiente, la de un país en cuyo 90% de territorio jamás sonó la clásica; pero era mejor que nada.

La nada llegó ahora, si se exceptúan los escasos minutos matutinos que dedica a lo clásico la Radio Nacional en medio de estentóreas cuñas de gobierno y un nacionalismo tan de pacotilla que Lazo Martí y Mario Abreu deben revolcarse de vergüenza en sus tumbas (el cuatro acaba de ser allí definido como “el instrumento de nuestra soberanía y libertad cultural”). En medio de un gran silencio nacional, alguien nos expropió de la música clásica, una incongruencia condimentada de estupidez típica de sociedades que desestiman la democrática noción de “servicio público”, la cual obliga a prestar servicios a todas las minorías.

El sitio www.es.delicast.com/musica/clasica enumera –y permite escuchar– todas y cada una de las 368 emisoras clásicas que existen en el mundo. 26 de éstas (un honorable 7,06%) son latinoamericanas, concentradas en 8 países: 1 en Costa Rica y Chile, 2 en Uruguay y Guatemala, 3 en Argentina y México, 4 en Brasil y 10… en Colombia (¿se acuerdan de la sentencia tal vez bolivariana: Colombia una universidad, Venezuela un cuartel?). El que ahora no tengamos ninguna es la incongruencia; desde que Teresa Carreño subyugó Europa hacia 1880 bajo la batuta del titán de la época, Hans von Bülow, hasta los Lauro, Díaz, Dudamel y Márquez de hoy, el mundo nos ha colocado en el pelotón de países musicalmente relevantes… ¡y nosotros eliminando de los diales la música clásica!

El aspecto estúpido es que también somos el país de José Antonio Abreu a quien –dejándonos de rencorcillos– hemos de desear todos un Nobel. Abreu montó una colosal y estrepitosa operación de participación musical copiada en el mundo entero, incluso por los gigantes de la música: 400.000 niños y adolescentes venezolanos volviendo a casa o subiendo al rancho, cada noche, tras ensayar Haendel y Vivaldi, Tchaikovsky y Mahler. Un dato de muchas posibles lecturas, por ejemplo esta: cada uno de esos jóvenes músicos vive rodeado de unos 10 familiares, amigos y vecinos intrigados y “a punto de caramelo”, diríase popularmente, para terminar seducidos por la buena música, por poco que una emisora clásica repitiera en criollo la operación Boston Pop o del brasileño Marlos Nobre. ¡Pero nada: estúpidos somos, y hasta la coronilla!

Sugerencia: ¿no habrá una universidad, un pool de universidades, una OPSU, que decida tomar el relevo y fundar la 369° emisora “clásica” del mundo acá en Venezuela, apolítica, de pura música e información musical y cultural? Costoso no es, imposible tampoco: la Universidad del Zulia logró emisora propia en circuito abierto hace más de una década.