• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

Murió la verdad

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Entre 1810 y 1814, el artista español Francisco de Goya forjó uno de los testimonios visuales más valiosos de todos los tiempos en torno a las complejas circunstancias que rodean los episodios brutales del conflicto social armado. La España de aquel entonces sobrellevaba el duro peso de una Guerra de Independencia, cuyos logros liberales alcanzados en la Constitución de 1812 cederían ante el peso posterior de la confusión general creada por la agonía de batallas internas y la invasión napoleónica; pobreza y tensión que sería aprovechada por el contraataque absolutista de Fernando VII, quien proclamado como monarca absoluto aniquilaría en un documento posterior todos los avances constitucionales logrados hasta el momento.

La grandeza del relato gráfico que frente a estos hechos trazó la conmoción espiritual de Goya con el título Los desastres de la guerra reside en la captura simbólica y expresiva de una humanidad agobiada por el imperio de la sinrazón y aniquilada por el ejercicio ciego del poder; circunstancia por la cual esta obra ha trascendido el documento heroico característico de la pintura épica de su tiempo para convertirse en una resonancia universal capaz de revelar los entramados más furtivos de esa terrible oscuridad sin norte que pulula en situaciones similares, desde entonces hasta nuestros días.

Mientras escribo esta reflexión en la tarde del 22 de febrero en la ciudad de Caracas, una contundente cantidad de personas continúa en las calles de las principales ciudades de todo el país, reclamando derechos constitucionales que les han sido arrebatados por una dirección estatal incapaz de escuchar y darle curso a las demandas de una sociedad con exigencias claras. Desde el 12 de febrero de 2014 –a 200 años de una batalla crucial en la historia venezolana e irónicamente en paralelo con el vórtice constitucional español que tanto agobió el trazo de Goya–, la petición estudiantil por mejores condiciones de vida para ciudadanos perseguidos por la delincuencia y abatidos por la miseria desprendida de estrategias populistas y economías sin futuro se ha convertido en un amplio documento de nuevas demandas: presos políticos, jóvenes desaparecidos, crímenes impunes, censura, abuso pleno de un supuesto diálogo fracturado por el maltrato, la ceguera, los desmanes y la burla absolutista del gobierno ante el dolor del otro.

Luego de 10 días el terrible saldo es de 520 detenciones y arrestos, 23 órdenes de privación de libertad, 94 ciudadanos con medidas cautelares, una gran cantidad de heridos y 9 muertos. A la cifra de fallecidos que informó el viernes la fiscal general de la República hay que sumar la de la joven Geraldine Moreno, estudiante que sufrió en su rostro la doble arremetida a quemarropa de perdigones de metal por parte de la Guardia Nacional Bolivariana. Hasta la fecha el Estado no ha capturado a los responsables ni ha juzgado ninguna de las acciones criminales de estos organismos. 
¿Ha muerto también en este país la verdad? ¿La han matado los intereses del poder como bien refleja uno de los últimos grabados de Goya perteneciente a Los desastres de la guerra? Probablemente. Tal vez la única respuesta alegórica a estos silencios respire en aquella controversial videoescultura que nuestro arte produjo en el año 1991: In God We Trust de José Antonio Hernández Diez, uno de nuestros más aguerridos artistas contemporáneos.