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Alberto Barrera Tyszka

Una sobre el Mundial

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¿Tú le vas a Argentina?, me preguntó, evidentemente extrañado. Le dije que sí. Entonces el asombro se convirtió en sospecha y me miró como si una indignación titilara debajo de sus ojos. Y me dijo que no, que no podía ser. Que lo pensara bien. Que los alemanes tenían que humillar todavía peor a los albicelestes. Que ni de vaina Cristina Kirchner podía ganar el mundial.

“Los mundiales siempre los gana la historia”. La frase se le atribuye al mítico ex entrenador argentino César Luis Menotti. Es una forma de decir que, al final, la estadística se impone sobre la sorpresa. Que los imprevistos son pocos y viajan lentamente. En algún momento, esta copa parecía destinada a arrinconar esa sentencia. Las tempranas derrotas de España e Inglaterra, el juego brillante y magnífico de selecciones como las de Colombia y Costa Rica, entre otras cosas, parecían darle al certamen un tono distinto, inesperado. Pero, ya en la etapa de cierre, nos volvemos a encontrar con un clásico de la tradición. El fútbol es como el río de Heráclito: más de lo mismo pero nunca igual.

En el contexto del espectáculo, de la ceremonia colectiva del juego, hay dos elementos que esta vez me llamaron la atención. El primero tiene que ver con el desarrollo de la promoción personal que ha ido ganando cada vez más espacio en la cancha. Es algo que viene avanzando desde hace tiempo, pero que parece haber alcanzado en este mundial otra dimensión: la celebración ha dejado de ser, en principio, un acto colectivo. El abrazo emocionado y el festejo del resultado como una consecuencia del trabajo en equipo han dado paso a un instante previo, a la autoexaltación particular del jugador que a veces huye de sus propios compañeros, golpeándose repetidamente el pecho, corriendo desesperado hasta quedar solo frente a la cámara de televisión o ante las gradas donde aúllan sus seguidores. Cada vez con más frecuencia, algunos goleadores, incluso, rechazan el contacto con sus compañeros, como si esa fiesta colectiva arruinara su éxito, atentara contra su merecida vanidad.

El otro elemento que me resultó algo novedoso fue la incorporación masiva de una gestual actoral por parte de casi todos los futbolistas. Ya es un nuevo gag dentro del campo: tras cualquier falta, de manera instantánea, el jugador mira de inmediato al árbitro y alza su mano, como sosteniendo una tarjeta invisible, la mueve repetidamente, exigiendo una sanción para el adversario. Ya es parte del perfomance del fútbol moderno. Acosar al árbitro y tratar de obligarlo a usar las tarjetas. Intentar ganar algo en un territorio donde ya no hay ni patadas ni balones, en el breve espacio de la interpretación de las reglas. Es un juego dentro del juego. Es una batalla histriónica donde se intenta ganar puntos a futuro, donde se pelea en el porvenir. Es un triunfo sobre lo que aún no existe, sobre el próximo partido.

Pero, sin duda, lo que más me llamó la atención en este mundial tiene que ver con las primeras líneas de está página. Con el amigo o la amiga que por primera vez en su vida ligó en contra de Brasil porque, de manera genuina, la figura de Dilma Rousseff y su relación con nuestro gobierno les impedía apoyar a la selección carioca. Hubo gente que fue en contra de Ecuador porque sentía que era una forma de expresar su rechazo a la posición de Rafael Correa con respecto a lo que ocurre en nuestro país. Hay gente que hoy habría apoyado a Argentina si la señora K no fuera su presidente o si Diego Armando Maradona hubiera nacido en Guanajuato. Del otro lado, también, se respira el mismo ánimo. Maduro ha felicitado los triunfos de los equipos de la “patria grande”, como si estuviéramos en una batalla ideológica, como si el pensamiento de Bolívar guiara las piernas de Lionel Messi.

Dice Juan Villoro que el fútbol es un “espejo extremo” de las sociedades. Es cierto. No nos hace mejores o peores, solo refleja lo que somos. Es lo que ha pasado también con este mundial. Nos muestra un país sin diálogo y sin salida. Donde solo sigue ganando la polarización.