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Rolando Hanglin

El Mundial y los no hinchas

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En el living de una casa cualquiera de la República Argentina, la familia rodea un televisor, donde se ve el Mundial. Comentarios de las mujeres:

- ¡Cuántos jugadores negros tiene Holanda!

- El ocho de Italia está re fuerte.

- Son buenos los ingleses... ¿Son los de camiseta azul?

- Ay che, todos usan barba...parecen viejos.

- ¿Quién es ese señor que agarró la pelota con la mano?

- Pero allí hay un chino, o japonés. ¿El campeonato no es en Brasil?

- ¡Para mí que fue foul, el tipo le pegó una patada!

Es obvio que nunca han jugado en un potrero, que nunca fueron a una cancha profesional, que no comprenden el juego. Y sin embargo, hay algo en un Mundial que les atrae. No sólo a las mujeres, sino también a muchos hombres que no siguen normalmente el fútbol. Es que el Mundial tiene olor a dinero, a éxito, a mundo. Se aprecia la majestuosa llegada de magníficos autobuses de los que bajan atletas africanos, suecos, alemanes, colombianos, con una sonriente expresión que lo dice todo: "Soy joven, soy lindo, soy millonario". La fama genera en el ser humano una histeria difícil de dominar. Por ejemplo, Los Beatles confiesan que, cuando se presentaron en Nueva York, cantaron en estado de perfecta sordera. El coro de aullidos de las chicas tapaba todos los sonidos, de manera que John, Paul, George y Ringo no tenían "retorno". No podían escuchar la música que ellos mismos generaban. El público tampoco oía nada, sólo su propio ulular. Y sin embargo, lo que enloquecía a la multitud era el sonido. Seguramente desafinaron, pero nadie escuchaba: ni ellos mismos.

La masa humana genera una pasión que no necesita justificarse. Es como es.

De pronto, mañana mismo nos toca asistir, de pura casualidad, a una presentación de la atleta rusa Irina Isinbayeva. El estadio, colmado de espectadores entendidos, guarda silencio mientras la perfecta figura femenina mide la distancia y empuña la garrocha. Los espectadores contienen la respiración. Contemplan, extasiados, la carrera y el salto de la diosa. Cuando ella desciende desde lo alto, sin haber tocado el listón, se siente un suspiro de éxtasis...y baja el aplauso desde las plateas. Maravilloso.

No van muchos hinchas a los mundiales. Porque el hincha es fanático de su club, no necesariamente de su país

Ahora bien. Nosotros, que no tenemos la menor idea de lo que es el deporte olímpico... ¿Debemos aplaudir? ¿Hemos entendido lo que hizo esta mujer? En realidad, no. La cuestión en su conjunto tuvo una gran armonía, y los aficionados se pusieron de pie, en éxtasis. Pero no sabemos qué hizo la Isinbayeva, cómo lo hizo, cómo se hacen esas cosas...ignoramos si es la mejor del mundo o sólo una buena chica.

Lo mismo pasa con los Mundiales de Fútbol.

Este Mundial 2014, como todos, excita intensamente a todos los que no son aficionados al fútbol. Es decir: el aficionado es siempre fanático de un club determinado, conoce de memoria la formación del primer equipo en las temporadas que ha seguido en las últimas décadas, se emociona hasta las lágrimas con un triunfo, una derrota, un campeonato, un descenso. No hay hinchas "del fútbol" sino sólo hinchas de un determinado club, al que adoran y quieren ver vencedor, aunque sea haciendo trampa. El aficionado ha jugado al fútbol durante su niñez y su juventud. Conoce los secretos de este bello deporte, incluso alguna vez soñó con practicarlo de manera profesional. Por lo general, ha heredado el amor por River, Boca, el Real, la Juventus, el Manchester United o Corinthians, de su padre y su abuelo. Tanto es así que, en los barrios porteños, cuando nace una criatura (sobre todo si es varón) el padre corre a inscribirlo como socio de su club. Los primeros documentos del bebé, en estos casos, son el DNI y el carnet de San Lorenzo. El amor por un club de fútbol no se cambia nunca por otro. Forma parte del ADN del varón aficionado, y representa básicamente la fidelidad a lo que se ha recibido del padre. Se puede cambiar de partido político, de mujer, de nacionalidad, incluso de religión, pero la condición de "hincha" es imborrable, como el color de la piel. En cambio la mujer, cuando cambia de marido, cambia de club, y lo aceptamos como un hecho normal.

Los grandes y pequeños clubes del mundo no pierden su núcleo duro de hinchas. Por más que desciendan a la divisional "B", a la "C" y más abajo. El hincha sufre la decadencia en silencio, y un día lanza su alarido de revancha y victoria. Nuestro club volvió al podio del que nunca debió bajar, y otra vez ganó la liga, la Copa, el campeonato, la Champions.lo que sea.

No van muchos hinchas a los mundiales. Porque el hincha es fanático de su club, no necesariamente de su país. De cualquier modo, en los comerciales de TV se ven constantemente escenas de emoción, puños apretados, lágrimas y abrazos. Las imágenes de Messi bebiendo chocolate, Messi poniéndose desodorante, Messi aplicándose el secador en el pelo. Y siempre la mano en el corazón, las lágrimas asomando, el grito desbordado. ¡Es la Patria!

Incluso la sensual bailarina argentina Victoria Xipolitakis declaró en Showomatch que había gastado sus ahorros en una entrada para el Mundial. Es posible que, si a Vicky le toca ver un gol, no sepa por qué grita la gente, qué pasó, dónde está la pelota.

Estas personas, de pronto, no conocen el fútbol, pero disfrutan del perfume del éxito

Para concurrir a un Mundial (sea en Brasil, Sudáfrica, Alemania o Japón) se requiere disponer de algún dinero. No está al alcance de cualquiera. Todo es carísimo. Sólo acceden ejecutivos y personas pudientes. Estas personas, de pronto, no conocen el fútbol, pero disfrutan del perfume del éxito. Como en una presentación de Madonna, Paul McCartney o el Cirque du Soleil. O un Federer Nadal. Pueden acudir, también, los barrabravas o pandilleros que, de algún modo misterioso, siempre consiguen la plata. Pero el hombre común, que trabaja por un sueldo más o menos digno en cualquier país del mundo, rara vez dispone de 15 días libres o 10.000 dólares para seguir "al equipo" y, de paso, recorrer paisajes con su señora.

En realidad, el hombre común ve el fútbol por televisión, al menos en la Argentina: platea cara, tribuna peligrosa.

Por eso, casi ninguno de nosotros puede ir a un Mundial. Lo contempla, boquiabierto, en la pantalla de la tele, y por un momento se emociona con la ilusión de que estamos venciendo al mundo entero.

Al día siguiente, cuando la fiesta termine, seguiremos siendo tan buenos o tan malos como los demás. Sólo se trataba de ganar siete partidos. La euforia de ser campeones nos durará pocas horas. Hoy día todo es así: en 1950, parecía que la TV se iba a devorar a todos los medios. Ha sido rápidamente deglutida por Twitter y Facebook. Se encuentra en terapia intensiva, afectada por el bajo rating. Del mismo modo que pasaron al archivo el tamagotchi, los seamonkeys, el paddle, el dirigible, la anilla de hula hula, los afiches del Che Guevara, el diario de Yrigoyen y el chat. La camarita digital devoró a la cámara fotográfica, pero fue sustituida por el celular, que también mató a la súper 8, a su vez victimizada por la video. Como dice don Julio Grondona, todo pasa. ¡Y qué rápido! Sic transit gloria mundi.